Esta mañana me desperté con el coño palpitando, recordando lo de anoche. Todo empezó hace unos días. Estaba en mi balcón, el aire fresco de la noche me ponía los pezones duros. Del piso de enfrente, luz filtrando por las persianas entreabiertas. Mi vecino Nicolas, solo porque su mujer Karin se fue de viaje. Lo vi claro: tumbado en la cama, pantalones bajados, mano en la polla dura. Se la pajeaba despacio, gimiendo bajito, los ojos cerrados. El sonido de sus jadeos llegaba leve con la brisa. Me mojé al instante, frotándome disimuladamente. Dios, qué morbo espiarlo así, el riesgo de que me viera.
Al día siguiente, en el ascensor. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entró él, sudoroso del gym. Nuestras miradas chocaron. ‘Hola, Ana’, murmuró, voz ronca. Yo sonreí, me pegué un poco más de lo normal. El ascensor subía lento, calor pegajoso. Mi mano rozó su culo por ‘accidente’. Se tensó, pero no se apartó. ‘¿Todo bien en tu piso?’, pregunté, voz juguetona. ‘Sí… aunque echo de menos… compañía’, balbuceó. Sentí su polla semi-dura contra mi cadera. El ding del ascensor nos salvó, pero la barrera ya estaba rota. ‘Ven a mi casa luego, te invito un café’, le dije guiñando. Asintió, ojos brillantes.
La Mirada Voyeur y la Chispa en el Ascensor
Entró nervioso esa noche. Cerré la puerta, ruido del cerrojo como un clic fatal. ‘Te vi anoche, por la ventana’, confesé directo. Se puso rojo. ‘Eh… ¿en serio?’. Saqué la maleta pequeña, el plug metálico brillando. ‘Quiero que me lo quites. Y luego… te lo pongo a ti’. Se quedó mudo, pero su polla creció en los pantalones. Me bajé los leggings, a cuatro patas en la cama. ‘Lubrica bien, Nico. Despacio’. Sus dedos temblorosos untaron gel frío en mi ano. Tiró suave, el plug saliendo con un pop húmedo. Mi culo se abrió, dilatado, contrayéndose lento. Gemí fuerte, ‘¡Joder, qué rico!’. Él jadeaba, polla tiesa.
El Sexo Anal Brutal y el Secreto Compartido
No paré ahí. ‘Tu turno, cabrón’. Lo desnudé, polla gorda saltando. Lo puse boca arriba, piernas abiertas como puta. Lubriqué su ano virgen, dedo girando alrededor. ‘Relájate, no muerdo… aún’. Entré un dedo, apretado como virgen. Encontré su próstata, masajeándola. ‘¡Hostia, Ana! ¿Qué es eso?’, gruñó, cadera subiendo. Su polla chorreada pre-semen. Lamí su ano, lengua caliente hurgando, saliva chorreando por sus huevos. ‘¡Me vas a volver loco!’, gimió alto. Miedo a que los vecinos oyeran, paredes finas. Metí la tige metálica, boules crecientes. Empujé, su ano tragándola, dilatándose. Vaivén rápido, su polla explotó sin tocarla, leche salpicando barriga. ‘¡Córrete más!’, le ordené, pajeándolo mientras lo follaba el culo con el juguete. Otro orgasmo, gritó ‘¡Sí, joder, en el culo!’. Leche por todos lados, mano mía pringosa.
Limpiamos jadeando, cuerpos sudados. ‘Vuelve mañana, entrenamiento dos’, susurré. Se fue cojeando leve, sonrisa boba. Al día siguiente, pasillo desierto. Pasos nuestros resonando. Nos cruzamos, mirada cómplice. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, dijo pícaro, rozando mi mano. Sonreí, ‘Con el culo lleno de recuerdos, sí’. Nadie sabe nuestro secreto, pero el edificio huele a sexo prohibido. Cada ascensor es promesa de más. Dios, adoro este morbo vecino.