Acabamos de mudarnos a este edificio en las afueras, un cuatro habitaciones perfecto para mí, mi marido Esteban y la pequeña Carla. El piso es genial, pero los vecinos… Ay, esos vecinos. Manuel, el portugués de unos cuarenta, robusto, con bigote espeso y barriga prominente. Y Rachid, el marroquí joven, alto, flaco, nariz aguileña y ojos que queman. Viven al lado y están reformando su piso. Los oigo todo el día: martillazos, radios con música árabe y fado a todo volumen.

Una mañana soleada, salgo con la carrito de Carla. En el ascensor, coincido con ellos. Sudados, sin camisetas, salpicados de pintura. Manuel huele a sudor y tabaco, Rachid a jabón fresco. Sus pechos brillan, el vello de Manuel como un bosque negro bajando al ombligo. Rachid, liso, músculos marcados. Me miran los tetones hinchados por la lactancia. ‘Buenos días, vecina’, dice Manuel con acento ronco. Rachid solo sonríe, pero sus ojos se clavan en mi escote. Bajo las escaleras nerviosa, sintiendo sus miradas en mi culo.

La Mirada que Enciende el Fuego

Los días pasan. Los veo por la ventana del balcón, compartido con ellos. Luz filtrándose por las persianas, aire fresco de primavera. Rachid pinta solo, pantalón bajo, polla marcada. Me mojo viéndolo. Una noche, Esteban folla conmigo fuerte, pero pienso en ellos. Al día siguiente, en el pasillo, Manuel me para: ‘Vecinita, ¿nos invitas a un café?’. Dudo. ‘Vale, pero rápido’. En mi cocina, torseados otra vez. Rachid me roza el brazo al pasar. Tensión eléctrica. Esteban llega, los saluda riendo, me besa apretándome el culo delante de ellos. Se van, pero el fuego queda.

Otro día, ascensor solo con Rachid. Puerta cierra. Silencio pesado. ‘Eres preciosa, Elena’, murmura. Su mano roza mi cadera. Corazón latiendo. ‘No… aquí no’. Pero no paro su mano subiendo por mi falda. Dedos en mi coño, ya húmedo. Gimo bajito. Puerta abre en mi planta. Salimos, él me sigue al pasillo desierto. Bruit de pasos lejanos. Me empuja contra mi puerta. ‘Déjame entrar’. Abro, temblando. Cierro. Nos besamos salvajes. Sus manos arrancan mi blusa, chupan mis tetas. Leche brota, él lame. ‘Deliciosa’. Me arrodillo, saco su polla: larga, fina, venosa, circuncidada. La chupo profunda, garganta llena. Él gime: ‘Sí, puta vecina’.

El Placer Brutal del Ascensor y el Pasillo

Me pone a cuatro en el suelo del pasillo interior. Falda arriba, braga abajo. Entra de golpe, follándome duro. ‘¡Cállate, que nos oigan!’, susurro. Pero gimo fuerte, placer prohibido. Polla me parte, roza el fondo. Sudor gotea, olor a sexo crudo. Manuel aparece de repente, puerta entreabierta. ‘¿Qué coño?’. No para. Saca su verga corta, gorda, morada. ‘Chúpala’. La meto en boca, mamando mientras Rachid me taladra. ‘¡Joder, qué coñazo apretado!’, gruñe Manuel. Eyacula primero, semen caliente en garganta. Rachid acelera, me corre dentro, chorros calientes. Cuerpo temblando, orgasmo brutal. Miedo a que Carla llore, a que vecinos oigan.

Se van riendo bajito. Me lavo rápido, culpable pero viva. Noche agitada, Esteban folla, pero yo revivo la escena. Al día siguiente, pasillo. Cruce con ellos. Manuel guiña: ‘¿Café hoy?’. Rachid me roza disimulado, dedo en mi clítoris por encima falda. Sonrío cómplice. ‘Luego’. Esteban no nota nada. Secretos queman. Cada paso en el pasillo vibra morbo. Los veo desde balcón, pollas duras pensando en mí. Vecindad prohibida, adictiva.

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