Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a medianoche. El aire fresco me erizaba la piel, y la luz de la luna se colaba entre las persianas del vecino de al lado. Oí risas ahogadas, gemidos bajos. Me acerqué, curiosa. Dios, qué vi…
Mis vecinos, esa pareja del quinto, con un amigo. Desnudos, enredados. Él, alto, con una polla gorda y venosa tiesa como una barra. Ella, tetas grandes, culo redondo, lamiéndole el coño a él mientras el otro le metía dedos en el ano. No eran normales. Él tenía algo… ambos se tocaban mutuamente, pollas y coños en juego. Espera, ¿hermároditas? No, pero follaban como si tuvieran los dos sexos. Él se dejaba mamar la polla por el amigo, ella le chupaba las bolas. El ritmo de sus caderas, clap-clap contra la piel sudorosa. Olía a sexo, incluso desde aquí. Mi coño se mojó solo de mirar. El peligro de que me pillaran… me ponía a mil.
La mirada furtiva que lo cambió todo
Al día siguiente, en el ascensor. Él solo, el del quinto. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas’, murmuró, voz ronca. Yo, con el corazón latiendo fuerte, ‘Anoche… estabas animado, ¿eh?’. Sonrió, pícaro. ‘¿Viste?’. El ascensor paró entre pisos, luz parpadeante. Se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘¿Te gustó? Ven, te enseño más’. Sus manos en mi cintura, bajando mi falda. Yo, temblando, ‘Aquí? Nos oirán…’. Pero ya me tenía la mano en el coño, dedos resbalando en mi humedad. ‘Calla, puta curiosa’. La barrera cayó. Lo besé, salvaje, mordiendo su labio.
El polvo brutal y el miedo a ser pillados
Me giró contra la pared fría del ascensor. Polla dura presionando mi culo. ‘Quítate las bragas’, gruñó. Las arranqué, ansiosa. Me abrió las piernas, escupió en su mano y lubricó su verga gruesa. ‘Te voy a follar como a ella anoche’. Entró de un golpe, hasta el fondo. Grité, pero tapó mi boca. ‘Shhh, o nos pillan’. Embestidas brutales, su vientre chocando mi culo, plof-plof. Mi coño chorreaba, apretándolo. Él jadeaba, ‘Joder, qué prieta estás… mejor que mi mujer’. Le clavé las uñas, giré la cabeza: ‘Fóllame más fuerte, cabrón’. Sacó, me volteó, levantó mi pierna. Volvió a entrar, mirándome a los ojos. Sus pelotas golpeaban mi clítoris, yo me frotaba. ‘Me vengo…’, susurré. Él aceleró, ‘Aguanta, zorra’. El ascensor temblaba levemente, pasos en el pasillo arriba. Miedo delicioso. Eyaculó dentro, leche caliente llenándome, gimiendo bajo. Yo exploté, coño convulsionando, jugos bajando por mis muslos.
Se apartó, jadeantes. Limpió su polla con mi falda, riendo. ‘Nuestro secreto’. Bajamos, él guiñando ojo. Al día siguiente, en el pasillo. Pasos lentos, olor a café. Él con su mujer, sonriendo normal. Nuestras miradas: fuego puro. Ella ni idea. ‘Buenos días’, dije, voz temblorosa. Él, ‘Sí, muy buenos’. Mi coño palpitó recordando su semen. El ascensor pitó, subí sola, sonriendo. Quiero más. El edificio es un nido de vicios.