Estaba llorando bajito en el pasillo del edificio, sentada en el suelo frío. La fiesta en el bajo retumbaba lejana, risas y música. Mi novio del verano, Raúl, el vecino del 3ºB, había sido un capullo todo el día. Prefería estar con sus colegas y esas nuevas belgas del 5º, que se paseaban en bikini por el jardín común, meneando el culo y riendo chistes tontos. Me dolió. Me aparté para estar sola.

De repente, una mano en mi hombro. ‘¿Qué pasa, eh?’ Era Darío, el conserje. 25 años, moreno, ojos negros, 1,80 m de puro músculo bronceado. Todos lo adoran: el hermano mayor para los jóvenes, el confiable para los viejos. Se sentó a mi lado, su brazo me rodeó la cintura, puro consuelo. ‘He visto que hoy no erais tan pegajosos, tú y Raúl. Y esas belgas… tienen éxito, ¿no?’ Sonreí a medias. ‘Bah, no sé qué les ven.’ Hablamos, me arrimé a su pecho cálido. La noche era asfixiante, pero él me calmaba.

La Tensión que Explota en la Noche

Llegó una panda de borrachos ruidosos. Darío me guiñó: ‘Ven, un sitio más tranquilo.’ Su brazo en mi cintura, caminamos. Me llevó a la piscina del edificio, cerrada de noche. Silencio, solo el eco lejano de la fiesta. Nos sentamos al borde, bajo las estrellas filtradas por las luces del jardín. Charlamos horas, olvidé todo.

De pronto, miró el reloj. ‘¡Las doce! ¿Sabes qué se hace a medianoche?’ Me empujó al agua. ¡Splash! Salí empapada, riendo. Mi falda se pegó como segunda piel, el top transparente marcando tetas y pezones. Él silbó: ‘Joder, estás buenísima. Miss camiseta mojada.’ ‘¡Mira que eres!’ Reí, pero noté su mirada hambrienta.

‘Tengo llave de los vestuarios.’ Entramos. Penumbra, bancos, perchas. Luz de estrellas y farolas. Me puso una toalla grande azul sobre hombros, sus brazos me envolvieron. Temblaba, no de frío, sino de algo más. Su aliento en mi cuello, sus manos frotando… más que frotando, acariciando. Sentí su polla dura contra mi culo. Me giró, ojos en ojos. Nuestros labios se encontraron. Beso tierno, luego feroz. Manos en mi culo, me levantó. ‘Raúl…’ murmuró. ‘Shh, calla. Solo tú ahora.’

Sus manos exploraban. Quitó su camisa: torso ancho, velludo, abdominales duros. Bajé su short, bóxer tenso con una joroba enorme. Servilleta al suelo, top fuera, sujetador desabrochado. Mis tetas libres, él las amasó, besó pezones. Falda off, string verde. Nos lamió mutuamente, en slips. Se arrodilló, arrancó mi tanga, lengua en mi coño. Lamía clítoris, metía lengua profunda. ‘¡Joder, qué rico!’ Grité bajito, miedo a que oyeran. Piernas temblando, orgasmo brutal: cuerpo rígido, jugos chorreando.

El Secreto Ardiente del Pasillo

Me senté en banco, mirada incendiaria. Él sacó polla: ¡20 cm, gorda, venosa, glande rojo con gota pre! Lamí gota, chupé hampe, bolas. La tragué entera, garganta llena. Él gemía: ‘¡Sí, así!’ Ruido lejano nos tensó, pero seguí mamando.

Capote on. Me puse contra él, tetas en pecho. Manos en culo, me abrió. Polla entró suave, llenándome. ‘¡Qué coño tan apretado!’ A cuatro patas, luego misionero. Embestidas profundas, glande tocando fondo. ‘¡Fóllame fuerte!’ Mordí oreja. Sudor, pieles chocando, pezones duros. Él pellizcaba tetas, lamía cuello. Aceleró, rugió, corrió dentro: espasmos, leche caliente. Yo vibraba, segundo orgasmo.

Ruido cerca. Vestimenta rápida, salida discreta. ‘Buenas noches, secreto nuestro.’

Al día siguiente, pasillo. Ojos cruzados, sonrisas cómplices. Raúl ni idea. Su olor aún en mí, coño palpitando. El edificio guarda secretos.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *