Ayer por la tarde, el ascensor del edificio traqueteaba como siempre. Entré en la planta baja, sudada del calor, y allí estaba Pablo, mi vecino del tercero. Alto, con esa camiseta ajustada marcando pecho. Nuestras miradas se cruzaron… eh, un segundo de más. ‘Qué bochorno, ¿verdad?’, murmuró, su mano rozando mi cadera al girarse. Sentí un cosquilleo en el coño. Las puertas subían lentas, el aire cargado.
De repente, se abrió en su piso. Laura, su novia, asomó con una sonrisa pícara. ‘Sube, ven a jugar con nosotros. Estamos probando lo de los galos… desnudos y sin pudor’. Dudé, pero el pulso me latía fuerte. ‘¿Galos? ¿Qué coño es eso?’, pregunté riendo nerviosa. Pablo me tomó la mano, piel caliente. ‘Ya verás, el frisson del peligro, con paredes tan finas’.
La chispa en el ascensor y la invitación irresistible
Entramos en su salón. Marcos, el amigo de Pablo, ya estaba en pelotas sobre la moqueta. ‘¡Combate gaulois!’, gritó Laura. Se quitaron la ropa rápido: camisetas al suelo, pantalones bajando, pollas colgando semiduras. Yo me quedé mirando, el corazón acelerado. Luz filtrando por las persianas, rayos dorados en sus cuerpos. ‘Únete, no seas tímida’, dijo Laura desabrochándome el sujetador. Mis tetas saltaron libres, pezones duros.
Pablo me empujó suave al suelo. Nuestros cuerpos chocaron, sudor mezclándose. Sus manos en mis nalgas, yo agarrando su cintura. Rodamos, mi coño rozando su polla que crecía tiesa. ‘Joder, qué dura’, gemí. Marcos se unió, su verga bailando cerca de mi cara. Érecciones tímidas al principio, luego feroces. Olía a macho, a deseo crudo. Laura reía: ‘¡Priapo, el dios de las pollas!’. Marcos subió a un taburete, polla flácida al principio.
Ella se arrodilló, dedos en su tronco, labios envolviéndolo. ‘Chúpalo tú ahora’, me dijo. Primera vez con una verga en la boca… tragué saliva, lamí la punta salada. ‘Así, zorra vecina’, gruñó él. Chupé fuerte, lengua girando, bolas en mi mano. Pablo detrás, dedos en mi chochito empapado. ‘Estás chorreando’, susurró. Miedo a los ruidos: crujidos de la moqueta, jadeos altos. ‘Cállate, que nos oyen los del cuarto’, siseó Laura, pero gemía más.
El clímax gaulois y el secreto ardiente
Pasamos a lo bruto. Yo encima de Pablo, mulier equitans, como decían. Su polla gruesa abriéndose paso en mi coño. ‘¡Fóllame fuerte!’, ordené moviéndome. Tetazas rebotando, él chupando pezones. Laura se sentó en su cara: ‘Lame mi culo’. Pedos sueltos, risas gaillardas. ‘¡Voy a mear!’, gritó ella, chorro caliente salpicando mi espalda. Yo aceleré, coño apretando su verga. ‘Me corro… joder, sí’. Semen caliente llenándome, gritando bajo para no alertar.
Marcos folló a Laura a cuatro, pollas entrando y saliendo con palmadas. Yo lamí sus huevos, gusto a sudor y corrida. ‘Qué puta vecina’, jadeó Pablo. Orgasmo tras orgasmo, cuerpos pegajosos, olor a sexo invadiendo el aire. El balcón entreabierto dejaba entrar brisa fresca, pero calor dentro.
Al final, exhaustos en la moqueta. ‘Esto queda entre nosotros’, dijo Laura besándome. Nos vestimos a prisa, risas ahogadas.
Hoy, en el pasillo, crucé con Pablo. Sus ojos… fuego compartido. ‘Buenos días, vecina’, guiñó. Laura asomó: ‘Repetimos pronto?’. Sonreí, coño palpitando aún. El secreto quema, delicioso.