Esta noche… uf, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas, ruidos que se cuelan por todos lados. Ayer, bajando en el ascensor, me crucé con Pablo, el vecino del 4A. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba todo. Nuestros ojos se engancharon. ‘¿Subiendo sola?’, me dijo, rozándome el brazo sin querer… o queriendo. El ascensor pitó, se paró en mi piso. ‘Pásate luego por un vino, que mi chico cocina de muerte’, solté, el corazón latiéndome fuerte. Él dudó, sonrió: ‘Vale, pero no me eches’.
Llegó sobre las diez. Mi novio, Javi, lo recibió con cervezas frías. Cenamos ligero, pero el vino corrió. Hablamos de todo: del calor, del gimnasio… y acabamos en tetas. Las mías son grandes, 95D, siempre llaman la atención. Javi las sacó a colación: ‘Mira estas, Pablo, ¿envidia?’. Yo me sonrojé, pero el alcohol me picaba. Pablo: ‘Joder, qué suerte tienes, Javi. Yo mataría por unas así’. Estaba sentado al lado mío, su rodilla contra la mía. Javi me besó el cuello, suave, y su mano bajó… rozó mi teta izquierda. Sentí el pezón endurecerse al instante, clavándose en la blusa fina. Pablo lo vio todo, sus ojos como platos. El aire se cargó, pesado, olía a deseo y a vino.
La chispa en el ascensor y la invitación irresistible
Javi no paró. Me besaba más fuerte, pellizcando el pezón. Yo gemí bajito, ‘shhh, los vecinos…’, pero arqueé la espalda. Él desabotonó la blusa, ¡zas!, tetas al aire. Pezones tiesos como piedras. Pablo tragó saliva. Javi me chupó uno, luego el otro, ruidos húmedos. ‘¿No te animas? Dos bocas para estas maravillas’, dijo Javi. Yo, poseída: ‘Y dos pollas gordas…’. Nos reímos nerviosos, pero ya no había vuelta atrás. Me puse de pie, tambaleante, y los llevé al sofá. El pasillo crujió, pasos lejanos… miedo delicioso.
Pablo se arrodilló primero. Me bajó la falda y las bragas de un tirón, solo quedé en medias y tacones. ‘Hazme correr, cabrones’, supliqué, voz ronca. Él metió la lengua en mi coño empapado, lamiendo como loco, chupando el clítoris. Javi me masajeaba las tetas, besándome el cuello. Olía a sudor, a sexo. Abrí las piernas todo lo que pude, él me levantó el culo y lamió el ano. ‘Muéstrale ese culazo’, ordenó Javi. Me puse a cuatro patas, cambrada. Pablo separó nalgas y metió lengua profunda, ¡joder, qué lengua! Javi debajo, en 69, devorando mi coño. Chorros de jugo en su boca. Yo les mamé las pollas a turnos: la de Pablo, dura como hierro, glande morado; la de Javi, palpitante. ‘Fóllame ya’, rogué.
El desmadre total: pollas, coños y gemidos sin control
Javi entró primero, despacio, mi coño chorreando, sonidos de chapoteo, huevos contra culo. ‘Dale como a una puta mientras me mama’, gruñó Pablo. Me montaron salvaje: tetas rebotando, gemidos altos. ‘¡Cállate, vecina!’, pensé, pero no podía. Me subí encima de Javi, empalándome, chupando a Pablo. Dedos en el culo, lubricado. ‘Los dos dentro, ¡ahora!’. Pablo en el ano, sentí su polla rozar la de Javi a través de la pared. Alternamos: coño-culo, pilonazos brutales. Orgasmos me sacudieron, sudada, gritando. Pablo sacó, me la metió en la boca post-culo. Javi la limó después. Yo limpié todo con lengua, pollas, sofá… tragando lefa.
Al día siguiente, en el pasillo, luz filtrando por las persianas. Pablo bajaba las escaleras, yo salía con la compra. Nuestras miradas: fuego puro. ‘Buen vino anoche’, guiñó. Sonreí, mejillas ardiendo. ‘Repetimos… shhh’. Pasos en el corredor, secreto nuestro, palpitante.