¡Hola! Soy María, de un barrio de Madrid. Hace dos días, todo explotó de la forma más guarra. Estaba cachonda perdida ese miércoles. Javier, mi tío, llegaba a las ocho y media del curro. Preparé la cena, luces tenues, velas… y me vestí para volverlo loco. Fantasía suya: estudiante puta. Camiseta roja transparente, sin sujetador, pezones duros asomando. Falda escocesa micro, tan corta que mis labios depilados se veían si me agachaba un poco. Medias negras hasta medio muslo, tacones altos. Me miré al espejo, coño, qué puta me sentía. El corazón me iba a mil, imaginando su polla dura.
Sonó el timbre. Miré por la mirilla… joder, no era solo Javier. Venía con Pablo, el vecino del 4B. Ese moreno alto que siempre me come con los ojos en el ascensor. Abrí la puerta de par en par, vergüenza total. Sus ojos se clavaron en mis tetas, en mis piernas… en mi coño casi a la vista. ‘¡Hostia, María!’, balbuceó Pablo. Javier sonrió pícaro. ‘No te cambies, guapa, estás… espectacular’. Pablo asintió, rojo como un tomate. ‘Sí, eh… no molesto’. Entraron, el aire cargado. Puse un cubierto más, subí la luz un poco –para que me vieran mejor, la verdad– y servimos. Charla normal, pero sus miradas… Pablo no paraba de mirar mis labios cuando me sentaba, el roce de las medias.
La sorpresa que salió del ascensor
Cena acabada, me levanto a fregar. ‘No, déjalo tú, relájate’, dice Javier. Me quedo cerca, apoyada en la encimera. Siento sus ojos en mi culo. Pablo traga saliva, su paquete hinchado. Me acerco a Javier, le susurro al oído: ‘Tengo ganas de mamar tu polla ahora mismo…’. Mi mano roza su bragueta, dura ya. Él no dice nada, solo mira a Pablo y se baja la cremallera. ¡Zas! Su polla salta fuera. Me arrodillo, espalda contra el armario, y la engullo. Chup chup, saliva goteando, mientras ellos ‘fingen’ lavar platos. Pablo jadea: ‘Joder, qué boca…’. No aparta la vista de mi lengua lamiendo el glande.
Mi coño chorrea, siento el hilito cayendo al suelo fresco del azulejo. Me meto un dedo… empapada. Javier le dice a Pablo: ‘Ponte cómodo, tío’. Él saca la suya: ¡madre mía, enorme! Más gorda, venosa. Me excita el doble. La agarro, la pajeo fuerte, venas palpitando en mi mano. Javier me levanta, me sienta en la encimera, piernas abiertas. ‘Mira cómo está de mojada’, mete tres dedos en mi coño, me masturba. Gimo alto, corro al instante, jugos salpicando. ‘Ven a probar’, le dice a Pablo. Él frota su glande en mis labios… resbala, entra de un empujón. ¡Aaaah! Me llena entera. Javier me besa, me aprieta los pezones. Pablo bombea, fuerte, mis medias rasgándose un poco en los muslos.
El clímax en la cocina y el secreto del pasillo
Se cambian. Javier más rápido, me taladra el coño. ‘Agárrate’, me lleva al sofá, se sienta y me empalo encima. Subo y bajo, tetas rebotando. Pablo delante, su polla en mi boca. Dos pollas, cuatro manos en mi piel… me corro sin parar, gemidos ahogados. ‘Cuidado, los vecinos…’, susurro, pero no paro. Javier lubrica mi culo con mis jugos, entra fácil. Pablo en el coño. Doble penetración, rellenita, gritando bajito. ‘¡Sí, folladme!’. Siento sus pollas rozándose dentro, placer prohibido. El riesgo de que oigan los pasos en el pasillo… me pone más.
Van a correrse. Me echo en la mesita baja, ellos a cada lado. Las pajeo furiosa. ‘¡Dame la leche!’. Explota Pablo primero, chorros calientes en mi cara, boca abierta, lengua fuera. Javier después, cubriéndome. Me corro masturbándome, tragando lo que puedo. Limpio sus pollas chupando las últimas gotas. ‘Tío, qué suerte tienes con esta puta’, dice Pablo. Javier me besa: ‘Te quiero, mi zorra’.
Al día siguiente, en el pasillo. Pablo sale del ascensor, me ve. Sonrisa cómplice, guiño. ‘Buenos días, vecina’. Mi coño palpita recordando. Javier me aprieta la mano. Secreto ardiente, esperando la próxima.