Todo empezó hace unos días, a finales de agosto. Yo acababa de volver de vacaciones, con la piel aún bronceada y el cuerpo pidiendo acción. Vivo en un viejo edificio en el centro, paredes finas, balcones que se miran. Esa noche, oí ruidos en el piso de al lado, el quinto, el del vecino nuevo. No pude resistir: abrí un poco las persianas, la luz de su salón filtraba tenue. Ahí estaba él, Umberto, quitándose la camisa después del curro. Cuerpo atlético, pecho ancho, pantalones ajustados marcando paquete. Se tocó distraído, y joder, vi cómo se ponía duro. Mi coño se mojó al instante. Cerré rápido, pero ya estaba enganchada.
Al día siguiente, en el ascensor. Pasos en el pasillo, eco metálico. Entra él, sudoroso del gym, olor a hombre. ‘Hola, vecina’, dice con esa voz grave que me había imaginado. Nuestros ojos se clavan, silencio pesado. El ascensor sube lento, zumbido constante. Siento su mirada en mis tetas, mi falda corta. Me roza el brazo ‘sin querer’, chispa eléctrica. ‘¿Vives sola?’, pregunta. ‘Sí… ¿y tú?’. Sonrío, coqueta. El ascensor para en mi piso, pero digo: ‘Subo contigo, olvidé algo’. Mentira. En su puerta, duda. ‘Pasa un rato, tengo vino’. La barrera cae. Entramos, puerta cierra con clic.
La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor
Adentro, aire caliente, luz tamizada. Me empuja contra la pared, boca en mi cuello. ‘Te vi anoche, ¿sabes?’, miento un poco. Sus manos suben mi falda, palpando mi tanga empapada. ‘Eres una puta voyeur’, gruñe, y me besa duro. Le bajo el pantalón, su polla salta, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La agarro, masturbo firme. ‘Fóllame ya’, gimo. Me arrastra al salón, persianas entreabiertas, riesgo de que nos vean los de enfrente. Me pone a cuatro en el sofá, lengua en mi culo primero, lamiendo ano, chupando coño. ‘Estás chorreando, zorra’. Meto dedos en mi clítoris, tiemblo.
Me penetra de golpe, polla abriéndose paso, dolor-placer. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadea. Empotra fuerte, slap-slap de carne. Grito, ‘¡Más, cabrón!’, tetas rebotando. Miedo a que oigan los vecinos, pero eso me excita más. Me gira, piernas en hombros, folla profundo, roza útero. ‘Me voy a correr’, dice. ‘Dentro no, en la boca’. Cambio posición, rodillas en suelo. Me la mete en garganta, arcadas, saliva chorreando. Explota, leche caliente llenándome, trago todo, resto en tetas. Yo me corro frotando clítoris, squirt en su muslo.
El sexo brutal y el secreto compartido
Luego, anal. Unta mi coño en su polla, empuja en ano. ‘¡Duele… pero sigue!’. Lentito al principio, luego bestial. Brazos alrededor, pellizca pezones. ‘¡Voy a reventarte el culo!’, ruge. Corro otra vez, él eyacula dentro, semen goteando. Sudor, olores a sexo, respiraciones agitadas.
Al día siguiente, pasillo. Pasos suaves, nos cruzamos. Sonrisa cómplice, guiño. ‘Buen día, vecina’. Mi coño palpita recordando. Nadie sabe, pero el secreto quema. Ya planeamos la próxima, quizás en el balcón.