Vivo en un viejo edificio en Madrid, de esos con ascensores ruidosos y balcones que se asoman unos a otros. Mi vecino del quinto, un chaval de unos 19 años, empezó a hacerme favores. Reparaba el grifo que goteaba, limpiaba el polvo del balcón… Cosas pequeñas. Lo pillé mirándome un par de veces por la ventana, mientras él fregaba mi coche en el parking. Sus ojos se quedaban en mis tetas, en mis piernas. Yo… no me importaba. Al revés, me ponía cachonda esa mirada de chico joven, hambriento.
Ayer, calor de julio, lo llamé para que subiera a arreglar las persianas. Bajé al portal a por hielo y nos cruzamos en el ascensor. Solo nosotros dos. El aire estaba cargado, olía a su colonia barata mezclada con sudor. ‘¿Calor, eh?’, dijo él, con esa sonrisa pícara. Me apoyé en la pared, mi vestido ligero se pegaba a la piel. Sus ojos bajaron a mi escote. Sentí un cosquilleo. El ascensor traqueteó entre pisos, luz parpadeante. Su mano rozó mi cadera ‘por accidente’. No me aparté. ‘¿Quieres subir a tomar algo fresco?’, murmuré. Él asintió, tragando saliva. Las puertas se abrieron en mi piso, pero no salimos. Nos miramos. Su aliento acelerado. Yo… perdí la cabeza. Lo besé. Duro, con lengua. Sus manos en mi culo, apretando.
La tensión en el ascensor
Paramos en mi piso, pero la puerta se cerró mal. El pasillo vacío, pero oía pasos lejanos de vecinos. ‘Rápido’, susurré. Lo metí en casa, pero la excitación era tal que nos lanzamos en el salón, cerca de la ventana. Persiana entreabierta, luz de farola filtrándose. Se quitó la camiseta, torso liso, joven. Yo levanté el vestido. ‘Joder, estás buena’, dijo. Sus dedos bajaron mi braga, resbaladiza ya. Mi coño palpitaba. Lo empujé al sofá, le bajé los pantalones. Su polla saltó, dura, gruesa en la punta, como una seta hinchada. La agarré, masturbé lento. Él gimió: ‘Mierda…’. Le chupé el cuello, mordí. ‘Fóllame’, le pedí, voz ronca.
Se puso de rodillas, me abrió las piernas. Su lengua en mi clítoris, lamiendo jugos. ‘¡Dios!’, grité bajito, mordiéndome el labio. Oía el ascensor zumbando abajo, vecinos moviéndose. El riesgo me ponía más. Me folló con los dedos, dos, luego tres. Mi coño chorreaba, sonidos chapoteantes. No aguanté: me corrí, temblando, piernas flojas. Él jadeaba: ‘Quiero metértela’. Lo tiré al suelo, alfombra áspera en la espalda. Monté encima, guié su polla. Entró de un empujón, llenándome. ‘¡Qué prieta!’, gruñó. Cabalgué fuerte, tetas botando. Sus manos en ellas, pellizcando pezones. El sofá crujía, mi culo chocaba contra sus muslos. ‘Más rápido’, pedí. Sudor goteando, olores a sexo llenando el aire. Temía que la vecina del lado oyera mis gemidos: ‘¡Sí, joder, no pares!’. Él embistió desde abajo, polla hinchándose. ‘Me corro…’, avisó. ‘Dentro, lléname’, supliqué. Se tensó, ocho espasmos, semen caliente inundándome. Yo exploté otra vez, uñas en su pecho.
El clímax y el secreto compartido
Después, silencio. Sudados, abrazados en el suelo. Le besé suave. ‘Ha sido… increíble’, murmuró. Nos vestimos rápido, risas nerviosas. ‘Mañana no digas nada’, dije, guiñando. Él sonrió: ‘Nuestro secreto’. Lo eché por la puerta trasera, corazón latiendo.
Hoy, cruzamos en el pasillo. Vecinos pasando, charlando. Nuestras miradas se engancharon. Sonrisa cómplice, roce de manos. Mi coño se mojó al instante, recordando su polla. Él me susurró al oído: ‘Otra noche?’. Asentí. El edificio guarda secretos. Y yo quiero más.