Era tarde, pasadas las nueve. El pasillo del edificio estaba desierto, solo el eco de mis tacones resonando. Llevaba una falda corta, blusa escotada, porque… bueno, me gustaba sentirme sexy en casa. Pasé por la puerta de Javier, mi vecino del quinto, y oí su voz. Hablaba por teléfono, bajo, pero las paredes son finas.
—Joder, Vanessa, me pones cachondo contando cómo te follas al jefe… Sí, yo fantaseo con el mío… No, con Beatriz, la del piso de al lado. Es una puta diosa, con esas tetas como melones y ese culo que menea en el ascensor.
El encuentro casual en el pasillo
Me paré en seco. ¿Yo? El corazón me latía fuerte. Seguí escuchando, pegada a la puerta. Luz filtrándose por debajo, olor a colonia masculina flotando.
—Mi mujer es un mueble en la cama. Beatriz… ay, si la pillara sola, le metería la polla hasta el fondo. Esta noche me voy a pajear pensando en su coño…
Gemí bajito, excitada. El aire fresco del pasillo erizaba mi piel. Di un golpecito suave. Silencio. Luego, pasos apresurados. Abrió, en calzoncillos, polla medio dura marcándose. Ojos como platos.
—Beatriz… ¿qué…?
—Te oí, Javier. Todo. —Entré sin pedir permiso, cerré la puerta. Él rojo, nervioso. Me acerqué, toqué su pecho. —Dime, ¿así me imaginas?
Tragó saliva. —Sí… joder, sí. Eres mi fantasía desde que te vi en el balcón.
La barrera cayó. Lo empujé al sofá, luz tenue de la lámpara iluminando su erección. Me quité la blusa, tetas al aire sobre el sujetador negro. Él jadeaba.
La pasión desatada y el secreto compartido
Era puro fuego. Su polla saltó libre cuando bajé sus calzoncillos, gruesa, venosa, goteando precum. La agarré, chupé el glande con hambre. —Mmm, qué rica polla tienes. Mejor que la de mi ex.
Él gruñó, manos en mi pelo. —¡Hostia, Beatriz! ¡Chúpamela toda! Pero… los vecinos…
—Que oigan, me encanta el riesgo. —Lo mamé profundo, saliva chorreando, bolas en mi mano. Él gemía fuerte, eco en el piso. Me puse a cuatro patas en el sofá, falda subida, tanga aparte. Coño chorreando, rasurado, listo.
—Fóllame ya, Javier. Métemela hasta el fondo. —Empujó, polla abriéndome, estirándome. Ay… qué grosor. Embestidas brutales, tetas balanceándose, sudor pegándonos. —¡Más fuerte! ¡Joder, sí!
Clavaba uñas en el sofá, miedo y placer mezclados. ¿Oían los del cuarto? Sus gemidos roncos: —¡Tu coño es una puta gloria! Tan apretado… —Me volteó, misionero salvaje, piernas en hombros. Polla machacando mi clítoris, yo chillando bajito, mordiéndome labio.
—Córrete dentro, lléname de leche. —Explosión, él rugiendo, semen caliente inundándome. Yo vine segundos después, temblores, coño palpitando.
Al día siguiente, pasillo otra vez. Él saliendo, yo con la compra. Miradas cruzadas, sonrisas pícaras. —Buenas noches anoche, ¿eh? —susurró.
—Silencio, o repito hoy. —Guiño, roce de manos. Secreto ardiendo, ascensor esperando la próxima.