Cuántas veces me han dicho que no era para mí. No las cuento. Pero a mí, Pablo, mi vecino del quinto, me tiene loca. Es guitarrista en un grupo de rock que está petándolo. Después de ensayos duros, ahora las fans le comen en la mano. Yo lo veo todo desde mi ventana. Su balcón da al mío, solo unos metros de separación. La otra noche, luz filtrándose por las persianas, lo pillé tocando la guitarra en calzoncillos. Sudoroso, pelo revuelto. Me quedé mirando, con el corazón acelerado. El aire fresco del balcón me erizó la piel.
Al día siguiente, en el ascensor. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entramos los dos solos. Él con su camiseta ajustada, oliendo a colonia y humo de tabaco. Yo, con mi falda corta plisada, medias altas a rayas, tacones relucientes. Me miró de arriba abajo, ojos verdes clavados. ‘¿Qué tal, Sofía? ¿Otra vez espiando?’, murmuró con voz ronca. Me sonrojé, pero sonreí. ‘No pude evitarlo. Tocabas tan… intenso’. Su mano rozó mi cintura al apretujarnos. El ascensor paró en su planta. ‘Sube un rato. Tengo algo para ti’, dijo, tirando de mí. La puerta del pasillo crujió al cerrarse. La barrera cayó ahí, en ese silencio cargado.
La mirada que lo cambió todo en el ascensor
Entramos en su piso. Desorden rockero: guitarras por el suelo, botellas vacías. Me empujó contra la pared del salón, besándome con hambre. Boca a boca, lenguas enredadas, sabor a cerveza. ‘Joder, Sofía, te deseo desde que te vi en el balcón’, gruñó. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda. Le quité la camiseta, arañando su pecho tatuado. Se oían voces lejanas en el edificio, vecinos moviéndose. El riesgo me ponía a mil.
Me llevó a su habitación. Espejo enorme frente a la cama, para mirarnos follar. Me arrancó el top, el sujetador. Chupó mis tetas, mordiendo pezones duros. Gemí bajito, pero él no paraba. ‘Grita si quieres, que se enteren todos’, susurró. Me puse a horcajadas sobre él en el sofá. Su polla tiesa contra mi braguita empapada. La saqué, dura, venosa. Me la metí en la boca, chupando profundo, saliva goteando. Él jadeaba, manos en mi pelo.
Follada salvaje con el riesgo de ser pillados
En la cama, me montó. Polla hundiéndose en mi coño mojado. ‘¡Ah, joder! Sí, Pablo…’, grité. Rebotaba fuerte, tetas saltando, espejo mostrando todo: sudor, caras de placer. Me volteó a cuatro patas. Lengüetazo en el culo, dedos en mi clítoris. ‘Quiero tu ano, Sofía’. Aceite, y entró lento. Duele-placer, cada centímetro. ‘¡Más! Fóllame el culo, cabrón’. Aceleró, cachetadas en nalgas, slap-slap eco en paredes finas. Gemidos míos, gruñidos suyos. ‘¡Me corro! ¡Sí!’. Eyaculó dentro, caliente, mientras yo explotaba temblando.
Nos derrumbamos, piel pegajosa en sábanas revueltas. Olía a sexo puro. Dormí en sus brazos, exhausta. Al día siguiente, pasillo. Pasos lentos, luz mañanera por la ventana. Nos cruzamos. Sonrisa pícara, roce de manos. ‘Buen día, vecina’, guiñó. El secreto quema, delicioso. Sé que repetiremos. El edificio guarda nuestros susurros.