Dios, estoy que no quepo en mí de excitación. Mañana tengo esa cita con Nicolás, mi vecino del quinto. No es la primera vez que nos cruzamos en el pasillo, con ese olor a café recién hecho flotando y el eco de sus pasos firmes en el suelo de mármol. Él es abogado, alto, moreno, con esa mirada negra que me clava hasta el coño. Yo, DJ freelance, siempre con auriculares al cuello, le sonrío tonta cada vez que lo veo salir del ascensor, traje impecable, pero con un bulto que delata lo que esconde.

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Al principio eran miradas fugaces. Un ‘hola’ seco, el roce accidental de hombros en el hueco de la escalera. Pero hace semanas, en el ascensor, solos, el aire se cargó. Sentí su aliento en mi nuca, caliente, mientras pulsaba el botón. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa fina, y él… él carraspeó, pero vi cómo se le marcaba la polla en los pantalones. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, murmuró, y yo solo asentí, mordiéndome el labio. Desde entonces, cada cruce es electricidad. Anoche, pretexté un CD de música que le gustaba, uno que vi en su puerta entreabierta. ‘Pásate si quieres escucharlo’, le dije en el bar del barrio, voz ronca de ganas.

La tensión que ardía en los pasillos del edificio

Ahora, aquí estoy, retocándome el pelo frente al espejo, el reloj tic-tac apurándome. Salgo corriendo, llego al portal y ahí está su coche siguiéndome. Aparcamos, digito el código del edificio, su cuerpo pegado al mío por detrás. Su aliento en mi oreja, ‘Date prisa, joder’. Me tiemblan los dedos, fallo el código una vez. El ascensor sube lento, solos otra vez. Nuestras miradas se enredan, el zumbido del motor ahogando nuestros jadeos. Su mano roza mi culo, disimulado. Puertas abiertas, pasillo desierto, luz tenue filtrando por las rendijas de las puertas. Abro la mía, entro, me giro para encender… pero su mano atrapa la mía. ‘No hace falta luz, guapa. Quiero verte a oscuras primero’.

Sus labios chocan con los míos, duros, urgentes. Caemos en el sofá del salón, besos salvajes, lenguas enredadas. Le arranco la camisa, pectorales firmes bajo mis uñas. ‘Joder, qué tetas’, gruñe, manoseándome los pechos, pellizcando pezones hasta que gimo alto. El riesgo me enciende: las paredes finas, vecinos que podrían oír. Bajo su cremallera, su polla salta, gorda, venosa, gota de pre-semen en el glande. ‘Chúpamela’, ordena, y obedezco, lengua lamiendo el tronco, tragándomela hasta la garganta. Él gime, ‘Sí, así, puta’, dedos en mi pelo tirando. La chupo fuerte, saliva chorreando, bolas en mi mano apretando.

El polvo brutal y el secreto ardiente del día siguiente

No aguanto más. ‘Fóllame ya’, suplico. Lo empujo al sofá, me subo a horcajadas, coño chorreando. Guío su polla a mi entrada, húmeda, resbaladiza. Bajo despacio, ‘Ahhh, qué gruesa’, centímetro a centímetro me llena, estirándome. Empiezo a cabalgar, tetas botando, él clavándome dedos en las caderas. ‘Cállate o nos oyen’, susurra, pero folla más duro, plaf plaf contra mi culo. Cambio de posición, a cuatro patas en la alfombra, él detrás embistiéndome como animal. Su polla martillea mi coño, glande rozando punto G, ‘¡Voy a correrme!’, grito bajito. Él acelera, ‘Aguanta, zorra’, y siento su verga hincharse. Se corre dentro, leche caliente inundándome, yo exploto temblando, coño contrayéndose ordeñándolo.

Agotados, sudorosos, nos derrumbamos. ‘Ducha?’, pregunto. ‘Juntos’, responde con guiño. Agua caliente, manos resbalosas, otro polvo rápido contra la pared, gemidos ahogados. Al día siguiente, pasillo del edificio. Nos cruzamos, vecinos normales. Su mirada cómplice, mano rozando la mía. ‘Buen día’, dice él. Yo sonrío, coño aún palpitando del secreto. El ascensor pasa vacío, y ya imagino la próxima.

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