Vivo en un edificio viejo de Madrid, paredes finas como papel. Mi vecino de al lado, Juan, es un exmilitar de unos 35, cuerpo marcado por cicatrices, ojos que te clavan. Lo he visto mil veces en el pasillo, con esa camiseta ajustada que deja ver los músculos. Una noche, insomnio total. Oigo pasos pesados en el corredor, el crujido de la madera. Me asomo por la rendija de las persianas. Ahí está, en su balcón, fumando, solo en boxers. La luz de la calle filtra, ilumina su polla semierecta contra la tela. Joder, me mojo al instante. Cierro los ojos, pero ya es tarde, la imagen quema.
Días después, ascensor. Estamos solos. Puertas cierran con ese zumbido eléctrico. Él huele a jabón fresco, sudor del gym. ‘Buenas noches, María’, dice con voz grave. Yo, 38, divorciada, abierta a todo, sonrío. ‘Juan, ¿vienes de entrenar? Estás… en forma’. Él ríe bajito, se acerca un paso. El ascensor para en mi planta. ‘¿Café rápido?’, suelto, corazón latiendo. Dudamos. Sus ojos bajan a mi escote, mis pezones duros bajo la blusa. ‘Vale, pero en mi piso. El tuyo huele a vecinos cotillas’. Entramos. Puerta cierra, clic seco. Ya no hay vuelta atrás.
La Mirada que Enciende Todo
Sus manos en mi cintura, brutales pero seguras. Me besa, lengua invasora, sabe a cerveza. ‘Joder, María, te he visto mirándome’. La empujo contra la pared, el cuadro tiembla. Le bajo los pantalones, su polla salta, gruesa, venosa, cabeza hinchada. ‘Mira lo que me haces’, gruñe. Me arrodillo, piso frío bajo las rodillas. La chupo, saliva goteando, bolas pesadas en mi mano. Él gime, ‘Cuidado, los vecinos…’. Pero empuja mi cabeza, folla mi boca. Me levanto, falda arriba, bragas a un lado. ‘Fóllame ya, cabrón’. Me gira, contra la ventana. Balcón de enfrente encendido, ¿nos ven? Polla entra de golpe, coño chorreando, estirándome. ‘¡Ah! Sí, así’, jadeo. Golpes secos, piel contra piel, eco en el pasillo. Sus manos aprietan tetas, pellizcan pezones. ‘Tu coño aprieta como puta’, dice. Cambio, sofá. Yo encima, cabalgo, clítoris frotando su pubis. Orgasmo me parte, grito ahogado, ‘¡Me corro!’. Él no para, me voltea a cuatro, perra total. Dedos en mi culo, ‘Otro día aquí’. Bombeo final, leche caliente inunda mi coño, gime mi nombre. Sudor gotea, aire pesado a sexo.
El Placer Brutal del Prohibido
Caemos, respirando agitados. ‘Mierda, hemos sido ruidosos’, susurro. Él ríe, ‘Que oigan, es lo que mola’. Nos vestimos, besos robados. Duermo en su cama, su brazo pesado sobre mí.
Mañana. Corredor fresco, luz matutina filtra por la claraboya. Él sale, traje impecable, jefe de algo serio. Nuestras miradas chocan. Sonrisa cómplice, guiño. ‘Buen día, vecina’. Paso rozando su brazo, calor residual. ‘El tuyo también, militar’. Oigo su puerta cerrar. Secreto nuestro, paredes testigos. Ya ansío la próxima ‘mirada fortuita’.