Ay, chica, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivo en este viejo edificio del centro, sola desde que mi ex me dejó hace meses. Trabajo de noche en el hospital, como auxiliar, así que vuelvo reventada a las siete de la mañana. Ese día, pasé por el balcón para tomar aire fresco, el sol filtrándose por las persianas entreabiertas. Y ahí lo vi. Al vecino del cuarto, ese moreno alto, musculoso, de unos treinta y cinco. Estaba en su salón, con la luz tenue, pero lo pillé clarito: se había bajado los pantalones y se estaba pajeando con ganas. Su polla gruesa en la mano, subiendo y bajando, los gemidos ahogados llegando hasta mí con el viento. Me quedé paralizada, el corazón latiéndome fuerte. Él no me vio, pero yo sí. Dios, qué pedazo de hombre.

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Desde entonces, cada cruce en el pasillo era eléctrico. ‘Buenos días, vecina’, me decía con esa sonrisa pícara, sus ojos bajando a mis tetas bajo la bata. Yo, roja como un tomate, ‘Hola, ¿qué tal?’, tartamudeando. El ascensor era lo peor. Ese cacharro viejo, estrecho, con olor a humedad. Una vez nos pilló solos, subiendo al quinto. Silencio pesado, su cuerpo rozando el mío. Sentí su paquete duro contra mi culo. ‘Perdón’, murmuró, pero no se apartó. Yo, con el coño ya húmedo, solo atiné a decir ‘No pasa nada…’. La tensión crecía, el aire cargado. Sabía que su mujer estaba de viaje, la oía gritarle por las mañanas.

La Mirada que Enciende el Deseo

Al final, la barrera cayó esa noche. Volvía tarde, agotada, el pasillo desierto. El ascensor se paró entre pisos. Oscuridad. ‘Mierda’, dije. Y él, que entraba justo, ‘¿Estás bien?’. Su voz ronca, cerca. Encendió la luz del móvil, iluminando su cara, sus labios carnosos. ‘Tengo calor’, susurré, quitándome la chaqueta. Él se acercó, ‘Yo también’. Sus manos en mi cintura, mi espalda contra la pared metálica. ‘¿Qué coño hacemos?’, pregunté, pero ya le estaba besando el cuello, oliendo su sudor fresco. ‘Shh, no hagas ruido, nos oyen’, me dijo, mientras me subía la falda y metía los dedos en mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñó. Gemí bajito, mordiéndome el labio.

No aguantamos. Me dio la vuelta, pantalones abajo, su polla tiesa golpeándome el culo. ‘Te he visto mirándome desde el balcón’, confesó, escupiendo en su mano para lubricar. ‘¿Sí? ¿Y qué?’, jadeé. ‘Quiero follarte como a una perra’. Empujó, de una, hondo. ¡Joder! Su verga gruesa me abría el coño, llenándome hasta el fondo. Embestidas brutales, el ascensor temblando. ‘¡Quieta, que nos pillan!’, pero yo me movía, restregándome contra él, tetas rebotando. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme’, le supliqué en voz baja. Me tapó la boca, follándome salvaje, sus huevos chocando contra mi clítoris. Sudor goteando, olor a sexo puro. Sentí su dedo en mi culo, metiéndolo despacio. ‘Te gusta el doble, ¿eh?’. Asentí, corriéndome como loca, el cuerpo convulsionando, jugos bajándome por las piernas.

El Éxtasis en el Ascensor y el Secreto

Él no paró, me folló hasta correrse dentro, chorros calientes inundándome. ‘Toma mi leche, vecina’. Quedamos jadeando, pegados, el ascensor zumbando de nuevo. Bajó, nos subimos la ropa a prisa. ‘Mañana más’, me guiñó.

Al día siguiente, pasillo. Él con su mujer, comprando pan. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa cómplice, el secreto quemándonos. Ella ni idea. Yo, con el coño aún dolorido, pensando en la próxima. El frisson del peligro, de ser vecina y puta a la vez… adictivo. ¿Y si nos ven? Mejor. Me excita más.

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