Acababa de mudarme al edificio en el barrio de Gracia, en Barcelona. El primer día, oí pasos en el pasillo, pesados, como de alguien cargando cajas. Miré por la mirilla: era él, mi vecino nuevo, alto, con barba de tres días y ojos intensos. Simón, se presentó al día siguiente en el ascensor. ‘Hola, soy el del 4B’, dijo con una sonrisa pícara. Nuestros brazos se rozaron, el aire se cargó de electricidad. Sentí su calor a través de la camiseta. ‘¿Nueva por aquí?’, preguntó, su voz grave retumbando en el espacio cerrado. Asentí, el corazón latiéndome fuerte. Desde entonces, cada cruce era un juego: miradas largas, sonrisas que decían más.
Una noche de viernes, sola en casa, oí ruidos. Gemidos ahogados del piso de al lado, paredes finas como papel. Me acerqué a la ventana, luz filtrando por las persianas entreabiertas. Lo vi en su salón, tocándose, la polla dura en la mano. El frisson me mojó al instante. Apagué mi luz, pero no podía parar de mirar. Al día siguiente, en el ascensor, nos pillamos. ‘Anoche… ¿oíste algo?’, murmuró, acercándose. ‘Sí, y vi’, confesé, ruborizada pero excitada. Sus ojos brillaron. ‘Ven esta noche, si te atreves. Puerta entreabierta’. El ascensor pitó, salimos. Mis piernas temblaban.
La tensión que crece en el edificio
A las 2 de la mañana, ruido en el pasillo. Pasos. Toqué su puerta, con el pijama fino pegado al cuerpo. ‘Simón, hay ruidos extraños, tengo miedo’, mentí un poco, el corazón desbocado. Abrió en calzoncillos, polla medio dura ya. ‘Pasa, no pasa nada’. Entramos, oscuridad, solo luz de la calle por las rendijas. ‘Ven a mi cama, duerme aquí’, dijo, tirando de mí. Me acosté a su lado, el colchón hundiéndose. ‘Si no paras de moverte, te follo para calmarte’, bromeó. ‘Chicas’, respondí riendo, pero me pegué a él. Sus manos subieron por mi muslo, encontraron mi coño húmedo. ‘Joder, estás empapada’. Me besó el cuello, mordisqueando. Le quité los calzoncillos, su polla gruesa saltó libre. La apreté, palpitante.
El sexo brutal y el secreto compartido
Me puso boca arriba, abrió mis piernas. ‘No simules, dime qué te gusta’. Lamí mi clítoris, chupando fuerte, dedo dentro buscando el punto G. Gemí, ‘¡Sí, ahí!’. Me corrí rápido, temblando. ‘Ahora te follo’, gruñó. Se colocó entre mis muslos, polla en la entrada. Empujó despacio, llenándome. ‘Qué coño tan apretado’. Allers-retours lentos, luego rápidos. Me levantó las piernas, tobillos en sus hombros, penetrando profundo. ‘¡Fóllame fuerte!’, supliqué. El riesgo de vecinos oyendo nos volvía locos: gemí bajito, pero él martilleaba. ‘Me corro, joder’. Bajó mis piernas, me puso a cuatro patas. Vista de su polla entrando en mi coño, mano en mi culo. Dedo en el ano, suave. ‘Relájate, te va a gustar’. Me folló en levrette, nalgas chocando. ‘Córrete en mi coño’, pedí. Se tensó, llenándome de leche caliente. Sudados, jadeantes, el olor a sexo en el aire.
Por la mañana, ducha rápida. ‘Ha sido brutal, pero silencio en el pasillo’, dijo guiñando. Me fui a mi piso, piernas flojas. Al mediodía, cruzamos en el corredor. ‘Buenos días, vecina’, susurró, mano rozando mi culo disimuladamente. Sonreí, el secreto quemándonos. ‘Hasta la próxima noche ruidosa’. Los vecinos no saben nada, pero cada mirada es promesa de más.