Ayer por la noche, no podía dormir. El calor del verano entraba por el balcón abierto. Oí risas suaves del piso de al lado, Lola y Sara, mis vecinas del quinto. La luz de su baño filtraba a través de las persianas mal cerradas. Me acerqué, curiosa, el corazón latiendo fuerte. Las vi desnudas en la bañera grande. Lola detrás de Sara, sus tetas firmes contra su espalda, manos en sus pechos. El vapor subía, el agua chapoteaba. Sara gemía bajito, ‘Ay, Lola, más despacio…’. Mi coño se mojó al instante. El riesgo de que me pillaran me ponía a mil.
Al día siguiente, en el ascensor. Nos cruzamos las tres. ‘Buenas, chicas’, dije con una sonrisa pícara. Lola me miró fijo, ‘Anoche… ¿viste algo?’. Sara se sonrojó, bajando la vista. El ascensor paró entre pisos, un fallo tonto. ‘Joder, qué putada’, murmuró Lola. El aire se cargó. ‘Yo vi todo’, confesé, voz ronca. ‘Y me encantó’. Sara tragó saliva. Lola se acercó, su aliento en mi cuello. ‘Ven a casa, entonces. Pero silencio, no queremos que el casero oiga’. La barrera cayó. Subimos juntas, el pasillo desierto, pasos amortiguados en el suelo.
La mirada indiscreta y el ascensor cargado
Entramos en su baño. ‘Desnúdate’, ordenó Lola, quitándose la ropa. Sara dudaba, tetas gorditas temblando. Yo me quité todo, coño ya húmedo. Nos metimos las tres en la bañera. Lola me sentó en su regazo, piernas abiertas alrededor mío. ‘Siente mi chocho contra tu culo’, susurró, frotándose. Sara delante, rodillas flexionadas, su raja lisa expuesta. ‘Mírala, está depilada como una niña’, dije, tocando sus labios gruesos. Ella gimió, ‘Por favor… no pares’.
Mis manos bajaron. Empujé dos dedos en su coño apretado, agua jabonosa facilitando. ‘¡Joder, qué mojada!’, gruñí. Lola masajeaba mis tetas, pellizcando pezones. ‘Chúpame el clítoris’, le pedí a Sara. Ella se inclinó, lengua tímida en mi botón. Yo la abrí más, ‘¡Más adentro, coño!’. El agua salpicaba, riesgo de que vecinos oyeran los chapoteos. Lola metió un dedo en mi culo, ‘Relájate, puta’. Me corrí rápido, temblando, ‘¡Sí, folladme así!’.
Explosión de placer en la bañera compartida
Sara se tocaba ya, dedos en su raja carnosa. ‘Mastúrbate fuerte, quiero verte squirtear’, mandé. Ella abrió las piernas, vulva hinchada, clítoris gordo saliendo. Tres dedos dentro, frotando furioso. ‘¡Ahhh!’, chilló bajito. Lola la ayudó, chupando sus ninfas rojas. Yo lamí su coño, sabor a melocotón salado, iodo y sudor. ‘¡Lame mi ano!’, le dije, arqueándome. Su lengua entró, caliente. El placer subía, miedo a gemir alto. ‘¡Cállate o nos oyen!’, siseó Lola, pero ella misma jadeaba.
Sara explotó primero. Jet caliente en mi cara, ‘¡No puedo… squirto!’. Tragué su lechita espesa, dulce y picante. Me corrí otra vez, cuatro dedos de Lola en mi concha, uno en el culo, pared fina separándolos. ‘¡Fóllame el ojete!’, supliqué. Gritos ahogados, cuerpos temblando. Lola se masturbó viéndonos, su triángulo negro goteando, ninfas oscuras abiertas. ‘Ahora yo’, pidió. Nos turnamos lamiéndola, hasta que squirtó en chorros, inundando el baño.
Agotadas, nos duchamos mutuamente. ‘Ha sido… increíble’, balbuceó Sara, lágrimas de vergüenza y placer. ‘Silencio eterno’, juramos. Salimos desnudas al pasillo fresco, risas nerviosas. Hoy, cruzándonos en el corredor, sonrisas cómplices. ‘¿Repetimos?’, guiñó Lola. El secreto quema, el edificio ya no es el mismo.