Vivo en un viejo edificio en Madrid, paredes finas como papel, siempre oyes toses, risas, gemidos lejanos. Ella se llama Carla, veintidós años, pelo rubio corto, ojos verdes que hipnotizan. La vi por primera vez hace un mes, desde mi balcón. La luz del atardecer filtraba por sus persianas mal cerradas. Estaba en bragas, frente al espejo, tocándose los pechos pequeños, como peritas firmes. Sus dedos bajaban, se metían en el tanga. Joder, mi coño se mojó al instante. Me quedé mirando, el corazón latiendo fuerte, el aire fresco del balcón erizándome la piel.
Al día siguiente, ascensor. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entró ella, olor a vainilla, falda corta. Nuestras miradas chocaron. ‘Hola, vecina’, dijo con sonrisa pícara. Yo, roja, balbuceé ‘hola… qué calor, ¿no?’. Sus pechos subían y bajaban, rozando mi brazo. El ascensor paró en el quinto, su piso. ‘Sube un rato, tengo vino frío’, murmuró, voz ronca. Dudé, el pulso acelerado. ‘Vale… solo un rato’. La puerta se abrió, entramos en su piso oscuro, persianas bajas.
La mirada que lo cambió todo
Cerró la puerta, clic seco. Se acercó, aliento caliente en mi cuello. ‘Te vi ayer, desde el balcón. ¿Te gustó?’. Tragué saliva. ‘Sí… joder, sí’. Sus labios rozaron los míos, beso suave al principio, luego lengua salvaje. Manos por todas partes. Le quité la blusa, pezones duros como piedras. ‘Chúpamelos’, susurró. Los mordí, succioné, ella gemía bajito, ‘shhh, los vecinos…’. Bajé la mano, falda arriba, tanga empapado. ‘Estás chorreando, puta’. Metí dos dedos en su coño apretado, caliente, resbaladizo. Ella jadeaba, ‘más, fóllame con la mano’.
La tiré en la cama, colchón crujiendo. Le arranqué el tanga, olía a sexo puro. Abrí sus piernas, coño rosado, clítoris hinchado. Lamí despacio, lengua plana, saboreando su jugo salado. ‘¡Dios, qué lengua!’. Metí la lengua dentro, follándola, manos en sus nalgas, dedo en el culo. Ella se retorcía, ‘me corro, me corro…’. Chorros en mi boca, cuerpo temblando. Ahora ella: me puso a cuatro patas, ‘tu turno, guarra’. Dedos en mi coño, tres, bombeando fuerte. ‘Qué coño tan jugoso’. Chupó mi clítoris, aspirando, mientras me metía el dedo en el ano. Gemí alto, ‘¡joder, calla, nos oyen!’. Pero no paré, el morbo de los muros finos me ponía a mil. Me corrí gritando bajito, piernas flojas, empapándola.
El clímax en su cama y el secreto al día siguiente
Nos quedamos jadeando, sudorosas, piernas enredadas. ‘Ha sido… increíble’, dijo ella, besándome el cuello. ‘Silencio, amor prohibido’. Nos vestimos riendo bajito, besos robados.
Al día siguiente, pasillo. Pasos lentos, olor a café. Nos cruzamos, miradas cargadas. ‘Buenos días, vecina’, sonrisa cómplice. Su mano rozó la mía, electric. ‘Repetimos pronto?’. Asentí, el secreto quemándonos. Cada noche oigo crujidos en la pared, y mi coño palpita sabiendo que es ella.