Ayer por la noche, Pablo y yo fuimos a cenar con Javier y Laura, nuestros vecinos del quinto. Siempre simpáticos, pero Javier me caía gordo con su aire de machote. La cena fue la hostia, con mucho vino tinto que nos dejó a todos un poco colocados. Pablo empezó a dar cabezadas en el sofá del salón, roncando bajito. ‘Venga, ayúdame en la cocina’, me dijo Javier, mientras Laura se iba a echar un rato.

Entré con los platos sucios, el corazón latiéndome fuerte por el alcohol. La cocina era chiquitita, olía a ajo y a sexo reprimido, no sé por qué lo pensé. Me agaché al lavavajillas, la falda subiéndose por los muslos. Sentí su mano en mi pierna, caliente, subiendo despacio. ‘Javier, ¿qué coño haces?’, susurré, pero no me moví. El vino me tenía floja. Su palma llegó a mis nalgas, apretando bajo la falda. ‘Shh, no despiertes a nadie, estás buenísima’, murmuró, su aliento en mi cuello.

La cena inocente que encendió la chispa

Intenté enderezarme, pero me empujó suave contra el electrodoméstico. Me besó el cuello, las manos colándose en mi tanga. Estaba mojada ya, joder. Nuestras bocas se encontraron, besos torpes al principio, luego fieros. Le bajé la cremallera, saqué su polla dura, gruesa, más grande que la de Pablo. ‘Mmm, qué rica’, gemí bajito, acariciándola. Él me quitó las bragas de un tirón, dedos en mi coño chorreando. El ruido de los platos tapaba nuestros jadeos, pero oía los ronquidos de Pablo al fondo.

Me puso de rodillas, su verga frente a mi cara. ‘Chúpamela, Ana’, ordenó. Abrí la boca, la engullí, lengua alrededor del glande, succionando fuerte. Él gimiendo, manos en mis tetas, pellizcando pezones duros. ‘Joder, qué puta eres’, dijo, y me excité más. Me levantó, me dio la vuelta, falda arriba, y me la metió de un empujón en el coño. Clac, clac, sus huevos contra mí, follándome duro contra la encimera. Mordía mi mano para no gritar, el placer quemándome.

De repente, se paró, me giró y me folló la boca hasta correrme él, llenándome la garganta de leche caliente, salada. Tragué, tosiendo bajito. ‘Límpiala bien’, dijo, metiéndomela otra vez. Luego, al salón, café en mano, pero su mano otra vez en mi clítoris hinchado. Pablo seguía frito.

El clímax prohibido y el secreto del pasillo

Laura apareció en bata, tetas casi fuera. Javier le contó todo, sacó mis bragas de la bolsillo. ‘Pruébala’, le dijo. Me desnudaron entre los dos, Laura lamiéndome el coño depilado mientras Javier me comía la boca. En su cama, 69 con ella, su chochito rasurado en mi cara, lengua dentro, saboreándola. Javier nos folló a las dos, alternando polla entre coños, mi lengua limpiándola cada vez. Me puso a cuatro patas, me abrió el culo con saliva, y me la clavó entera en el ojete. ‘¡No, por favor!’, supliqué, pero gemí cuando entró. Laura debajo, lamiendo mi clítoris. Él me taladraba, polla hinchándose, corriéndose dentro, caliente, profundo.

Caí rendida, ellos besándose encima. Me dieron una bata y volví con Pablo, el culo ardiendo, semen goteando.

Hoy, bajando al ascensor, crucé con Javier en el pasillo. Sonrisa pícara, mano rozando mi culo. ‘Buen culito, vecina’, susurró. Laura guiñó ojo desde su puerta. Pablo ajeno, el secreto quema entre nosotros. Quiero más.

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