Era viernes por la noche, como siempre. Oía las risas y las fichas desde el piso de al lado. Mis vecinos, Anton y sus colegas, con su eterna partida de póker. La luz se filtraba por las persianas mal cerradas, y no pude resistir. Me acerqué a mi balcón, el aire fresco me erizó la piel. Vi siluetas: Anton gruñendo, y un tipo nuevo, alto, concentrado. Sylvain, lo había visto antes en el ascensor. Su mirada… uf, me clavaba sin babear, pero con hambre.

Al día siguiente, sábado, bajaba la basura. El pasillo olía a humo rancio. Pasos. Era él, saliendo de su puerta. ‘Hola, vecina’, dijo con esa voz grave. Nuestras manos rozaron al pasar la bolsa. ‘¿Ganaste anoche?’, pregunté, coqueta. Sonrió: ‘Sí, pero perdí la concentración por una mirada desde el balcón’. Me quedé tiesa. Me había visto. El ascensor llegó, vacío. Entramos. Silencio pesado. Su perfume, el zumbido del motor. ‘¿Te excita espiar?’, murmuró cerca de mi oreja. Mi coño se mojó al instante. ‘¿Y a ti verte pillado?’, balbuceé. Sus labios rozaron mi cuello. La puerta se abrió en su planta. ‘Ven’, tiró de mí.

La Mirada que Enciende Todo

Su piso estaba vacío, Anton fuera. Cerró la puerta, pero el tabique es fino, se oye todo. Me empujó contra la pared del pasillo. ‘Joder, desde que te vi en el balcón quiero follarte’, gruñó. Sus manos bajo mi falda, arrancando las bragas. ‘Shh, nos oirán’, susurré, pero arqueé la espalda. Me metió dos dedos en el coño empapado, chupándome el cuello. ‘Que oigan, puta vecina’. Me arrodillé, saqué su polla dura, venosa, gorda. Olía a macho. La lamí desde las bolas, pesadas, hasta el capullo hinchado. ‘Mmm, trágatela toda’. La tragué, garganta profunda, babeando. Él gemía bajo, ‘joder, qué boca’. Me levantó, me abrió las piernas contra la puerta. ‘Mira cómo te follo’. Entró de golpe, su polla partiéndome el coño. Golpes secos, mis tetas rebotando. ‘¡Ah! Más fuerte, pero calla…’, jadeé. Me tapó la boca, me clavaba hasta el fondo, bolas chocando mi culo. Sudor, el plaf del pasillo crujiendo. ‘Tu coño aprieta como puta’. Le arañé la espalda, corrí chorreando, mordiendo su hombro. Él sacó, me giró: ‘Ahora por detrás’. Me folló el culo despacio al principio, lubricado con mi lefa. ‘¡Sí, métemela en el ojete!’. Embestidas brutales, mano en mi clítoris. Oí pasos fuera, congelados. ‘Sigue, no pares’. Explotó dentro, semen caliente llenándome el culo, goteando piernas.

Caímos al suelo, jadeando. ‘Eres una guarra vecina’, rio bajito. Nos limpiamos rápido, risas nerviosas. Domingo, en el pasillo, cruzamos miradas. Anton pasaba, ajeno. Sylvain guiñó: ‘Esta noche, balcón’. Sonreí, coño palpitando. El secreto quema, delicioso.

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