Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó la semana pasada con mi vecino del quinto. Todo empezó una noche de calor, oí gemidos bajitos desde mi balcón. El aire fresco me erizaba la piel, abrí un poco las persianas… y allí estaba él, Pedro, con su novia contra la barandilla. La luz de la luna filtraba, vi su polla dura entrando y saliendo de ella, salvaje. Ella jadeaba, él la embestía fuerte. Me mojé al instante, toqué mi coño pensando en eso.
Al día siguiente, en el ascensor, nos cruzamos. Nuestras miradas chocaron, él sonrió pícaro, como si supiera. ‘¿Bien dormida?’, dijo con voz ronca. Yo, nerviosa, ‘Sí… oí ruidos anoche’. Él se acercó, el espacio estrecho olía a su colonia. Sus manos rozaron mi culo al girar. Puertas cerradas, subiendo lento. ‘¿Quieres ver más de cerca?’, murmuró. Mi corazón latía fuerte, el ding del piso sonó. Salimos, pero en el pasillo oscuro, me paró. ‘Ven a mi piso, o… ¿subo yo?’. Dudé, el riesgo de vecinos… pero el morbo ganó. ‘Sube’, susurré, abriendo mi puerta temblando.
La Mirada Voyeur y la Tensión en el Ascensor
Entramos, cerré rápido. Nos miramos, jadeantes. Me empujó contra la pared, besos furiosos, lenguas enredadas. ‘Te vi espiando, puta curiosa’, gruñó mordiendo mi cuello. Le arranqué la camisa, palpé su polla tiesa bajo los pantalones. ‘Fóllame ya’, gemí. Me bajó las bragas de un tirón, dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, zorra’. Me levantó, piernas alrededor de su cintura, me clavó la polla de un golpe seco. ¡Joder, qué gruesa! Entraba hasta el fondo, mis paredes apretándola. Gemí alto, ‘¡Cállate o nos oyen!’, siseó, tapándome la boca. Pero follaba brutal, pellizcando mis tetas, mordiendo pezones duros.
El Polvo Brutal y el Secreto del Pasillo
Caímos al sofá, él encima, polla martilleando mi coño. Sudor goteando, oí pasos en el pasillo… ¡mierda, el vecino de al lado! El miedo me excitó más, apreté su verga con el coño. ‘Me vas a hacer correrte’, jadeó. Le chupé la polla, salada de mis jugos, garganta profunda hasta las arcadas. Volvió a follarme a cuatro patas, cachetazos en el culo rojo. Metió un dedo en mi culo, ‘Aquí también quieres, ¿eh?’. Me corrí gritando bajito, coño convulsionando, chorros mojando el sofá. Él embistió más, ‘Toma mi leche’, y explotó dentro, semen caliente llenándome. Nos quedamos pegados, respirando agitados.
Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos miradas. Él guiñó, yo sonreí sonrojada. ‘Buen café anoche’, susurró pasando rozándome. Oí su puerta cerrarse, mi coño palpitó de nuevo. El secreto quema, cada paso en el corredor me pone cachonda. ¿Repetimos? El edificio guarda nuestros gemidos…