Era el 18 de julio, medianoche pasada. Volvía a casa hecha polvo, después de una eterna jornada en la oficina y unas copas con las chicas. El calor era un infierno, el vestido pegado a la piel, sudor entre las tetas. Entré al ascensor, pulsé el botón del cuarto piso. Chirrió al cerrarse la puerta, luz amarillenta parpadeando.

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De pronto, pasos pesados en el pasillo. Se abrieron las puertas de nuevo y entró Pablo, mi vecino del quinto. Todo un semental, obrero de la construcción, camisa empapada marcando pectorales duros, pantalón ajustado con bulto evidente. Olía a hombre, a sudor fresco y cerveza. ‘Buenas noches, preciosa’, murmuró con esa voz grave que me eriza la piel.

La Tensión en el Espacio Cerrado

‘Hola, Pablo… qué tarde’, respondí, voz temblorosa. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis muslos. El ascensor arrancó, lento, traqueteando. Nuestros brazos se rozaron. No se apartó. Sentí su calor, su respiración pesada. ‘Hace un calor de cojones, ¿no?’, dijo, ojos clavados en mi escote. Mordí mi labio, coño ya húmedo. ‘Insoportable… me muero por una ducha fría’.

El espejo reflejaba todo: su mirada hambrienta, mis pezones duros bajo la tela fina. Sus dedos rozaron mi cadera ‘accidentalmente’. El pulso se aceleró. Mi piso llegó primero. Puertas abiertas. Dudé. ‘Sube un momento, te doy un vaso de agua fresca’, susurró, mano en mi cintura. El frisson del peligro… los vecinos durmiendo al lado. ‘Vale… solo un rato’, acepté, piernas flojas.

Entramos en su piso. Aire acondicionado bendito, fresco en la piel caliente. Cerró la puerta, nos quedamos mirándonos. ‘Ese perfume tuyo me pone burro’, gruñó acercándose. Sus labios rozaron los míos. No pude resistir. Le besé con hambre, lengua dentro, manos en su paquete duro. ‘Joder, Pablo… ¿y si nos oyen?’, jadeé. ‘Que oigan, me da igual’, respondió arrancándome el vestido.

El Secreto Caliente del Pasillo

Caímos en el sofá. Su polla saltó libre, enorme, venosa, goteando precum. ‘Chúpamela, guarra’, ordenó. Me arrodillé, la tragué hasta la garganta, saliva chorreando, él gimiendo fuerte: ‘¡Sí, así, puta!’. Ruido de muelles, miedo a que el del tercero oyera. Me tumbó, separó mis piernas. ‘Mira cómo tienes el coño chorreando’. Lengua en mi clítoris, dedos dentro follándome, chupando jugos. Gemí tapándome la boca, ‘¡Cállate o nos pillan!’.

Me puso a cuatro patas contra la pared. Entró de un empujón, polla gruesa abriéndome el coño. ‘¡Fóllame fuerte!’, supliqué. Embestidas brutales, huevos golpeando mi culo, sudor goteando. ‘Tu coño es una gloria, aprieta más’. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, tetas rebotando, uñas en su pecho. ‘Me corro… ¡joder!’, gritó llenándome de leche caliente. Yo exploté, chorros mojando el sofá, cuerpo temblando.

Agotados, nos derrumbamos. Besos suaves, risas ahogadas. ‘Ha sido una locura’, susurré. ‘Repetimos’, guiñó.

Al día siguiente, pasillo. Bajaba la basura, él salía con el perro. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina… ¿dormiste bien?’, preguntó bajito, mano rozando mi culo disimuladamente. ‘Como un angelito… con sueños calientes’, respondí sonrojada. Pasos en las escaleras, nos separamos rápido. Ese secreto quema, cada cruce un recordatorio. ¿Cuándo la próxima?

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