Estaba en mi balcón anocheciendo, aire fresco rozándome la piel, cigarro en mano. El edificio viejo cruje siempre, pero esa noche oí gemidos bajitos del balcón de al lado. Los stores mal cerrados dejaban filtrar luz amarilla, y… joder, ahí estaba Javier, mi vecino del quinto. Moreno, fuerte, con esa polla gruesa que vi de perfil mientras la clavaba en su novia contra la pared. Ella jadeaba, ‘¡más fuerte, cabrón!’, y él la embestía, sudor brillando, flap-flap de carne contra carne. Me quedé clavada, coño palpitando, mano bajando sola a mis bragas. El riesgo de que me pillaran… uf, me ponía a mil.
Días después, ascensor. Solos él y yo, puertas cerrándose con ese pitido metálico. Pasos en el pasillo antes, eco hueco. ‘Hola, María’, dice él, voz grave, ojos clavados en mí. Huelo su colonia, mezcla a sudor fresco. ‘Te vi esa noche en el balcón’, susurra, acercándose. Mi pulso se acelera, ‘¿Y qué viste?’, balbuceo, pezones endureciéndose bajo la blusa. Su mano roza mi cadera, ‘Que te gustó’. La barrera cae. Pulso el botón de parada, ascensor tiembla. ‘Cállate y fóllame’, le digo, tirando de su cinturón.
La Observación que Enciende el Fuego
Sus labios aplastan los míos, lengua invasora, sabor a cerveza. Me sube la falda, dedos gruesos abriendo mis labios, ‘Estás empapada, puta vecina’. Gimo, ‘Sí, por ti, joder’. Me gira contra la pared fría, metal vibrando. Baja mis bragas de un tirón, polla dura golpeando mi culo. ‘¿Quieres que te rompa el coño aquí?’, gruñe. ‘Hazlo, pero calladitos, que oigan los vecinos’. Entra de golpe, gruesa, llenándome hasta el fondo. Duele rico, estiro las piernas. Embiste salvaje, manos apretando mis tetas, pellizcando pezones. ‘¡Qué coño tan apretado!’, jadea, yo muerdo mi labio para no gritar. Flap-flap-flap, sudor goteando, olor a sexo invadiendo el cubículo. Me corro primero, temblores, ‘¡Me vengo, hostia!’, susurro histérica. Él acelera, ‘Toma mi leche, zorra’, y eyacula dentro, chorros calientes, goteando por mis muslos.
Paramos el ascensor, nos recomponemos jadeando. Puertas abren, nadie. Bajamos, piernas flojas. Mañana, pasillo. Oigo sus pasos, corazón latiendo fuerte. Nos cruzamos, luz fluorescente parpadeando. Sonrisa pícara suya, ‘Buenos días, vecina. ¿Dormiste bien?’. Yo, ruborizada, ‘Con sueños mojados’. Guiño, roce de manos fugaz. El secreto quema, cada mirada promete más. El edificio ya no es el mismo, cada crujido un recuerdo de esa polla en mi coño.