Era una mañana de esas tranquilas en el edificio. Los niños en el cole, mi marido currando. Oí ruidos en la pared, el vecino del quinto, ese casado buenorro que siempre me guiñaba el ojo en el ascensor. Me asomé al balcón, la cortina entreabierta, y lo vi: en pyjama, subido a un taburete limpiando el horno alto. Sus nalgas marcadas bajo la tela fina. El corazón me latió fuerte. ¿Y si entro? Nuestras miradas se cruzaron por casualidad días antes, esa electricidad… Decidí jugármela.

Soné al timbre suave, él abrió sin preguntar. Entré directo a la cocina, el aire olía a limón y algo más, su sudor matutino. Estaba ahí, de espaldas, pyjama holgado. Me acerqué despacio, pasos amortiguados en el suelo de gres. A centímetros, podría rozar esas nalgas. Se giró. Nuestros ojos se clavaron. Silencio pesado, como si el mundo parara. Su mirada me quemaba la piel.

La Tensión que Explota en su Cocina

—Hola, guapo.

—Hola, vecina… ¿Qué haces aquí tan temprano?

Sonreí, el aire entre nosotros cargado. Extendí los brazos, bajé del taburete imaginario en mi mente, pero él me atrapó. Nos pegamos, su pecho duro contra mis tetas. Beso húmedo, lenguas enredadas. Manos por todos lados: las suyas en mi culo, apretando fuerte bajo el pyjama. Yo palpé su polla, ya tiesa como una barra. ‘Joder, qué grande’, pensé. El peligro nos encendía: paredes finas, vecinos arriba y abajo.

Sus manos subieron mi camiseta, pezones duros al aire. Los mordisqueó, chupó como loco. ‘Ahh, para, me vas a hacer gemir alto’, susurré. Pero no paró. Bajó mi pantalón, nada de bragas, coño expuesto, pelos húmedos. Dedos en mi raja, frotando el clítoris. Yo le bajé el pyjama: polla gorda, venosa, cabeza roja brillando.

El Folleteo Brutal y el Secreto Ardiente

Caímos al suelo de la cocina, alfombra raída. Él encima, entre mis piernas abiertas. ‘Fóllame ya, joder’, le rogué. Entró de un empujón, polla llenándome el coño hasta el fondo. Golpes secos, sudor goteando. Gemí bajito, mordiéndome el labio: ‘Cállate, que nos oyen los del cuarto’. Él más fuerte, ‘Que oigan, que sepan lo puta que eres’. Le arañé la espalda, tetas rebotando. Cambiamos: yo encima, cabalgando su polla, culo arriba y abajo. Su lengua en mi ano, dedo metido mientras follaba. Orgasmo brutal, coño chorreando en su vientre.

Lo volteé, mamada profunda: garganta llena de polla, bolas en la boca. Él gruñendo, ‘Me corro, tragatela’. Leche caliente bajando, salada. Pero quería más. De rodillas, perrito contra la encimera. Polla en mi coño otra vez, cachetazos en el culo. ‘Más duro, rómpeme’. El taburete crujió al caerse, ruido seco. Sudor, olores a sexo crudo, luz filtrando por la persiana en rayas doradas.

De repente, timbre. ‘Mierda, mi mujer’, jadeó él. Saltó, yo recogí ropa a toda prisa. Corrí al baño, ducha rápida, corazón a mil. Salí vestida decente, él ya hablando por el telefonillo. Nos miramos de reojo, sonrisas culpables.

Al día siguiente, pasillo estrecho. Pasos lejanos de vecinos. Él bajando la basura, yo fingiendo ir al ascensor. Nuestras manos se rozaron ‘accidentalmente’. Ojos cómplices, ese secreto quemando. ‘Hasta mañana, vecina’, murmuró bajito. Mi coño se mojó al instante. El edificio nunca fue tan excitante.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *