Ayer por la noche, todo empezó en el ascensor. Bajaba del supermercado, cargada de bolsas, cuando entró él, el vecino del quinto, ese moreno alto con ojos que te desnudan. Nuestras miradas se cruzaron, como siempre, con esa electricidad que llevamos meses ignorando. El ascensor pitó, se paró entre pisos un segundo eterno. Sentí su aliento cerca, el olor a su colonia mezclada con sudor del gym. ‘¿Todo bien?’, murmuró, su voz grave rozándome la oreja. Asentí, pero mi coño ya palpitaba. Sus manos rozaron las mías al ayudarme con las bolsas. La puerta se abrió, pero en vez de salir, le seguí hasta su puerta. ‘Pasa un rato’, dijo con una sonrisa lobuna. Cerró la puerta, y pum, nos besamos como posesos. Esa noche follamos hasta el amanecer, su polla dura entrando en mí una y otra vez, sudados, jadeando. Pero lo mejor fue al día siguiente…

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El sol se colaba por las persianas delgadas de su piso, filtrando rayos que bailaban en su espalda desnuda. Me desperté con su calor pegado a mí, su respiración lenta en mi cuello. Dios, qué noche habíamos tenido. Por primera vez, dormimos juntos, sin prisas, sin vecinos espiando… o eso creíamos. Mi mano bajó por su hombro, piel suave y salada de sudor viejo. Bajé más, rozando su culo firme. Él se removió, aún dormido, dándome la espalda. Qué vista: sus nalgas redondas, invitándome. Me pegué a él, mi teta aplastándose contra su espalda, mi coño húmedo rozando su muslo. ‘Mmm…’, gimió bajito. Mi mano serpenteó por su cadera, bajó a su polla, que ya semi-dura se despertaba. La apreté, sintiendo cómo crecía, gruesa, venosa, lista para mí.

La Chispa en el Ascensor y la Noche que No Olvidaré

Se giró despacio, sus ojos somnolientos clavados en los míos. ‘¿Ya quieres más, puta vecina?’, susurró con voz ronca. Le mordí el labio, asintiendo. Su boca devoró mi cuello, chupando fuerte, dejando un morado que mañana taparía con maquillaje. Sus dedos bajaron a mi coño, resbaladizo de la noche anterior. ‘Estás empapada’, gruñó, metiendo dos dedos de golpe, follándome con ellos mientras su pulgar masajeaba mi clítoris hinchado. Gemí, alto, tapándome la boca. ‘Calla, que nos oyen los del cuarto’, jadeó él, pero su polla ya empujaba contra mi entrada. La guié yo, restregándola por mi raja mojada. ‘Fóllame ya, joder’, le rogué. Entró de una embestida, llenándome hasta el fondo, su pubis chocando contra el mío. El colchón crujía, ruidos secos que retumbaban en el silencio del edificio.

El Despertar Brutal y el Secreto en el Pasillo

Me puse encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas botando, sus manos apretándolas, pellizcando pezones duros como piedras. ‘Sí, así, cógeme la polla entera’, gemía él, azotándome el culo. Bajé la cabeza, lamiendo su pecho salado, mordiendo un pezón. El placer subía, mi coño chorreando jugos por su verga. Cambiamos: él encima, embistiéndome como un animal, piel contra piel chapoteando. ‘Me corro, hostia…’, avisó, pero yo apreté las piernas. ‘Dentro, lléname de leche’. Sus embestidas se volvieron brutales, el cabecero golpeando la pared. Gemí sin control, el orgasmo me sacudió, mi coño convulsionando alrededor de su polla. Él explotó, chorros calientes inundándome, gruñendo en mi oído. Sudados, temblando, nos quedamos unidos un rato, respiraciones entrecortadas.

Minutos después, el despertador pitó. ‘Venga, hay que salir’, dijo riendo, besándome. Se levantó desnudo, su polla aún goteando, y yo lo seguí a la ducha. Agua caliente, jabón resbalando… pero eso es otra historia. Salimos por separado. En el pasillo, al bajar, nos cruzamos con la vecina del tercero. ‘Buenos días’, dije, sonriendo, con su semen aún dentro de mí. Él pasó detrás, guiñándome un ojo disimulado. Ese secreto quema, cada mirada en el ascensor será fuego puro. Mañana, quizás repitamos…

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