Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivo en este viejo edificio de Madrid, paredes finas como papel, siempre oyendo los pasos en el pasillo, el ascensor chirriando… Mi vecino del piso de arriba, Ricardo, un viejo de cincuenta y tantos, frisoteado, barrigón pero con ojos de lobo, me ha estado espiando. El otro día, sol radiante, ventana de baño abierta, salgo de la ducha desnuda, gotas resbalando por mis tetas, mi coño depilado reluciendo… Y zas, flash. Me foto con el móvil desde su ventana. Me manda un wasap: ‘Bonita foto, ¿quieres que la vea todo el bloque? Dame 500 pavos o la subo’. El cabrón.

Se me ocurre un plan. Llamo a Pablo, el chaval del tercero, dieciocho añitos, fotógrafo del insti, sobrino de mi amiga Lola. ‘Pablo, ven el miércoles a las 16h exactas. Puerta entreabierta, entra sin ruido al salón y dispara sin parar. Dos personas en medio, gran angular’. Él, nervioso: ‘Tía Carmen, ¿qué coño pasa?’. ‘Confía, secreto nuestro’. Me pongo cachonda solo de pensarlo, el riesgo de que nos pillen, el ascensor lleno de cotillas…

La trampa que monté en el salón

Llego el día. 15:45, dejo la bici lejos. Corro escalera arriba, sudando, Nikon listo, ráfagas, batería full. 16h en punto, empujo la puerta del salón. Joder… Ahí está: yo, Carmen, desnuda total, tetas colgando pesadas, culo en pompa a cuatro patas. Ricardo en el sillón, pantalones y calzoncillos en los tobillos, su polla gorda medio tiesa saliendo de mi boca. Chupaba como una puta, lengua alrededor del capullo, saliva chorreando, para provocarlo. ‘¡Sigue, zorra!’, gruñía él, ajeno a todo.

Entra Pablo, flash flash flash. Ricardo se espabila, intenta levantarse, polla babeante saliendo de mi boca con un pop húmedo. Yo agarro la bata del suelo, me planto detrás de Pablo bloqueando la salida. ‘¡Viejo verde! Ahora si me jodes, estas fotos van para tu mujer. La casa es suya, ¿eh? Te deja en la calle con tu pensioncilla de mierda’. Él, pálido, sube pantalón torpe, polla colgando aún: ‘Era… era broma, no quería…’. ‘¡Lárgate, cerdo!’, le grito, apartándome. Sale pitando, puerta azotando.

Suspiro, corazón latiendo fuerte. Pablo me mira, ojos como platos. ‘Tía, qué fuerte…’. Le enseño las fotos en la tele: yo tragándome esa verga asquerosa. ‘Horrible, ¿verdad? Quería solo provocarle, que sacara la polla, pero el muy ansias me obligó a desnudarme y chupar para ganar tiempo’. Pablo traga saliva: ‘Estás… buenísima desnuda’. Su mano en mi cintura, bajando al culo, calor a través de la bata. Desata el nudo, ve mi coño peludo, húmedo ya. ‘Pablo…’, digo, pero no me aparto.

El premio para mi cómplice inocente

Su jogging abulta, polla enorme. ‘Ninguna tía me hace eso…’. Le bajo el pantalón, verga tiesa, venosa, saltando. ‘Gracias por salvarme. Calla y disfruta’. Me arrodillo, olor a macho joven, saliva en la boca. La meto, ¡dios, qué gruesa! Lengua lamiendo el frenillo, chupando huevo a huevo, cabeza subiendo bajando, labios apretados. Él gime bajito: ‘Joder, tía…’. Miedo que nos oigan, paredes finas, vecinos en casa. Acelero, masturbo base, succiono fuerte, mejillas hundidas. ‘Primera vez, ¿eh?’, digo, escupiéndola un segundo. ‘Sí… no pares’. Vuelvo, garganta profunda, casi todo entra, arcadas ricas. Él tiembla, agarra mi pelo suave. ‘Me corro…’. Presiono huevos, traga semen caliente, chorros y chorros, bebo todo, limpio con lengua perezosa. Le subo slip, beso glande.

‘Cerveza fría’, digo riendo. Se va flotando, 50 euros en bolsillo, fotos borradas. Juramento de silencio.

Al día siguiente, pasillo oscuro, luz filtrando stores. Cruzo con Ricardo, mirada baja, pero sonrío pícara: ‘Buenas, vecino’. Él balbucea, rojo. Luego ascensor con Pablo, roce culo contra su paquete, susurro: ‘Otra vez pronto, chaval’. Secretos calientes en el bloque, frisson eterno.

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