Era una tarde de julio asfixiante. Yo en mi balcón, con el sol pegando fuerte, tomando una cerveza fría que me resbalaba por la piel. Oí pasos en el pasillo, pero no les di bola. Entonces, miré de reojo al balcón de al lado, el del vecino del quinto. Un tío de unos cincuenta, barriguita de cerveza, pelo canoso revuelto. Estaba desnudo, total. Polla colgando, medio tiesa ya, y empezó a tocarse despacio. La luz del atardecer filtraba por las persianas entreabiertas, proyectando rayas en su cuerpo sudoroso. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me vio? No sé, pero no paró. Se la meneaba con calma, los huevos balanceándose. Sentí un calor entre las piernas, el coño humedeciéndose solo de verlo.

Al día siguiente, bajaba en el ascensor. Vacío, hasta que entró él en la planta tres. Olor a colonia barata y sudor. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. ‘Hola, vecina’, murmuró con voz ronca. ‘Hola’, respondí, voz temblorosa. El ascensor paró entre pisos, un tirón raro. Silencio pesado. Su mano rozó mi cadera, como por accidente. No me aparté. ‘Te vi ayer’, susurró. ‘¿Sí?’, balbuceé, el pulso acelerado. Su aliento en mi cuello. ‘Me pusiste cachondo’. La tensión era eléctrica. Sus dedos subieron por mi muslo, bajo la falda. Gemí bajito. ‘Ven’, dijo, pulsando el botón de emergencia. Puertas cerradas. El peligro de que alguien llamara… uf, me excitaba más.

La mirada que lo cambió todo

Salimos al hueco de las escaleras, oscuro, con eco de goteras lejanas. Me empujó contra la pared fría. ‘Quítate las bragas’, ordenó. Obedecí, el aire fresco en mi coño mojado. Él sacó la polla, ya dura, venosa, cabezota brillante de precum. La olía salada, como el mar. Me arrodillé en el suelo sucio, rodillas raspando. ‘Chúpamela’, gruñó. Abrí la boca, lengua en la punta, saboreando ese gusto amargo. La metí entera, garganta apretada. Él jadeaba, manos en mi pelo. ‘Joder, qué boca’. La chupaba fuerte, saliva chorreando, malaxándole los huevos peludos. Ruido de pasos arriba… nos paramos, corazonada. Silencio. Reanudé, más rápido, aspirando. ‘Me voy a correr’, avisó. Pensé en mi marido, pero no. Quería su leche. Bombeé más, lengua girando. Explosó en mi boca, chorros calientes, espesos, tragando todo, sin dejar gota. No era desagradable, caliente y salado.

El clímax en las sombras

Se agachó, metió dedos en mi coño empapado. ‘Ahora tú’. Me folló con ellos, pulgar en el clítoris. Gemí alto, tapándome la boca. El orgasmo me sacudió, piernas temblando, jugos por sus manos. Me limpió con la lengua, lamiendo mis labios.

Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con la compra. Nuestras miradas… fuego. Sonrisa cómplice. ‘Buen día, vecina’, dijo guiñando. Mi coño se mojó de nuevo. El secreto quema, pero quiero más. ¿Y si la próxima vez follamos de verdad?

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