Joder, por fin a solas con Claudio, mi vecino del quinto. Ese tío alto, con su sonrisa pícara y esas bromas que me hacen mojarme. Hemos estado en la fiesta del edificio, organizando todo el fin de semana. Cansados pero cachondos. Él me ofrece subir juntos en su coche del sótano. Pero Max, su colega pesado, se cuela en el asiento trasero. ‘No duermo en hoteles de mierda, aunque sea palace’, dice. En cuanto arranca, Max ronca como un tractor.
En el parking subterráneo, el olor a gasolina y humedad me pone alerta. Bajamos del coche, risas ahogadas. El ascensor llega con ese pitido metálico, luces fluorescentes parpadeando. Nos metemos los tres. Max apoyado en la pared, ojos cerrados, baba cayendo. Claudio me mira, yo a él. Nuestras manos rozan. ‘Qué noche, eh’, murmura él, voz ronca. Siento su calor. El ascensor sube lento, crujiendo. Su teléfono vibra. Sus amigos al otro lado, putos bromistas: ‘¡Claudio, no olvides la mamada con miel! ¿Federica te la hace con miel calentita en la polla?’. Yo contengo la risa, él se pone rojo. ‘Cállense, cabrones’, dice bajito. Pero yo oigo todo. Max ni se inmuta.
La tensión sube en el ascensor del edificio
Salimos en su planta. ‘Pasa un rato, Frédérique’, dice, llamándome por mi nombre francés, aunque soy más española que paella. Eh… su piso, luces tenues filtrando por las persianas. Max se tira en el sofá, roncando fuerte. Olvidadizo total. Nos sentamos en la cocina, cervezas frías. La tensión crece. Sus ojos bajan a mis tetas, mi falda corta. ‘Esos tíos son unos pringados’, dice riendo nervioso. Yo acerco la mano a su muslo. Siento su polla endureciéndose bajo el pantalón. ‘¿Mamada con miel? Suena… dulce’, susurro, mordiéndome el labio. Él traga saliva. ‘Joder, Frédérique…’. La barrera cae. Lo empujo contra la encimera.
Le bajo el pantalón de un tirón. Su polla salta, dura como piedra, venas hinchadas, glande brillante. ‘Mira qué polla gorda’, digo lamiéndome los labios. Busco en la nevera: un bote de miel líquida. La caliento un segundo en microondas, humea. La echo despacio sobre su glande, chorrito dorado bajando por el tronco. Él gime bajito: ‘Coño, qué caliente…’. Me arrodillo, suelo frío contra mis rodillas. Abro la boca, lengua girando alrededor del glande mieloso. Sabe dulce, salado, su precum mezclándose. Chupo fuerte, succiono, labios apretados. ‘Ah, joder, sí…’, gruñe él, manos en mi pelo. La chupo profunda, garganta apretando, saliva goteando. Miel por todas partes, pegajosa en mis labios, en su pubis. Max ronca al fondo, cada ronquido un latido de miedo. ¿Y si se despierta? Ese riesgo me moja el coño. Meto mano bajo mi falda, me toco el clítoris hinchado mientras lo mamo. Él empuja caderas, folla mi boca. ‘Me corro…’. Chorros calientes, miel y leche mezcladas, trago todo, lamiendo limpia su polla palpitante.
El clímax dulce y prohibido en su piso
Pero no para ahí. Me levanta, me pone sobre la mesa. Baja mi tanga, lame mi coño empapado. ‘Estás chorreando’, dice. Me penetra de golpe, polla resbaladiza de miel entrando hondo. Follando duro, mesa crujiendo, platos tintineando. Gimo ahogado: ‘Más, cabrón…’. Él tapa mi boca, ojos en la puerta de Max. ‘Silencio, o nos pilla’. El placer del peligro, sudor goteando, cuerpos chocando. Me corro primero, coño apretando su polla, jugos por sus huevos. Él eyacula dentro, caliente, llenándome. Colapso jadeando.
Al día siguiente, pasillo estrecho, luz mañanera filtrando. Claudio sale con café. Nuestras miradas chocan, sonrisa secreta. ‘Buenos días, vecina’, dice inocente. Max detrás, bostezando: ‘¿Qué coño pasó anoche?’. Yo río por dentro. ‘Nada, Max, solo… miel’. Él no pilla nada. Ese secreto quema, promesa de más. El ascensor pasa vacío. ¿Otra ronda?