El gemido ahogado me llegó claro a través de la ventana entreabierta. Estaba en la cocina, abriendo una cerveza después de un turno de noche en el hospital, cuando lo oí. No era un gemido cualquiera; era ese sonido gutural que una mujer suelta cuando la están follando de verdad. Me quedé congelado, botella en mano, mirando hacia el patio interior del edificio.

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El piso de enfrente, en el quinto, tenía la luz del dormitorio encendida. La cortina no estaba del todo corrida. Ahí estaba ella, de rodillas sobre la cama, completamente desnuda, con las tetas colgando y balanceándose mientras un tipo la embestía desde atrás. No era su marido. El marido de Laura era un contable calvo que roncaba como un tractor y se acostaba a las diez todas las noches. El que la estaba partiendo en dos era el repartidor de Amazon, el chaval moreno de hombros anchos que siempre dejaba los paquetes en la portería con una sonrisa de cabrón.

Laura tenía treinta y ocho años, pelo castaño largo y un culo que había visto mil veces subiendo las escaleras. Nunca imaginé que gemiría así. Agarraba las sábanas con fuerza mientras el repartidor le daba palmadas en las nalgas y le tiraba del pelo. “Más fuerte, joder, más fuerte”, le oí suplicar. La voz me llegó nítida porque yo también había dejado la ventana abierta para que entrara el fresco de la madrugada.

Me bajé los pantalones del pijama sin pensarlo. Mi polla ya estaba dura como una piedra. Empecé a pajearme despacio, apoyado en la encimera, sin apartar la vista. El chaval la puso a cuatro patas mejor, le escupió en el ano y empezó a metérsela por el culo sin piedad. Laura mordió la almohada para no gritar. Yo aceleré el ritmo de mi mano, imaginando que era yo quien le estaba reventando ese agujero prieto que tantas veces había admirado cuando salía a tender la ropa en el tendedero comunitario.

De repente ella levantó la cabeza y miró directamente hacia mi ventana. Nuestras miradas se cruzaron. No había sorpresa en sus ojos, solo lujuria. Sonrió de medio lado mientras el repartidor seguía follándosela como un animal. Me corrí en ese preciso instante, salpicando el suelo de la cocina con chorros espesos. Ella no apartó la mirada hasta que terminé.

Al día siguiente, en el ascensor, nos encontramos. Iba vestida con una falda ajustada y una blusa que marcaba sus pezones. “Buenas noches, vecino”, me dijo con voz normal, como si nada. Pero cuando las puertas se cerraron, se acercó un paso. “Anoche te vi”, susurró. “Y me gustó”. Su mano rozó mi entrepierna por encima del pantalón. “Mi marido se va de viaje el jueves. El repartidor viene a las ocho. Si quieres mirar de cerca… la ventana del baño da justo al dormitorio”.

El jueves a las siete y media ya estaba yo en mi baño, con las luces apagadas y la ventana abierta de par en par. Había colocado un taburete para estar cómodo. A las ocho en punto entró el repartidor cargado con una caja grande. Laura lo recibió en lencería negra. Se besaron con lengua desde la puerta, ella le bajó la cremallera y sacó una polla gruesa y venosa que ya conocía de vista. La mamó con ganas, arrodillada en el pasillo, mientras él le sujetaba la cabeza y le follaba la boca sin contemplaciones.

Los seguí hasta el dormitorio. Laura se tumbó en la cama, abrió las piernas y se masturbó mirándome directamente. El repartidor se puso un condón y la penetró de un golpe seco. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Yo me bajé los pantalones y empecé a pajearme otra vez, esta vez más lento, queriendo que durara.

Después de follarla un rato en misionero, él la puso de lado, de cara a mi ventana. Le levantó una pierna y volvió a metérsela en el coño mientras le metía dos dedos en el culo. Laura no dejaba de mirarme. Sus ojos me decían “esto es para ti”. Me corrí por segunda vez cuando él sacó la polla, se quitó el condón y le descargó toda la leche en las tetas. Ella se untó el semen con los dedos y se los chupó mirándome.

Pasaron dos semanas así. Cada vez que el marido se iba, el repartidor aparecía y yo miraba. A veces me masturbaba despacio, otras me corría rápido. Una noche Laura hizo algo diferente. Después de que el repartidor la corriera en la boca, se levantó de la cama, se acercó a la ventana completamente desnuda y manchada de semen, y me habló en voz baja pero clara:

“¿Quieres bajar y limpiarme con la lengua?”

Mi corazón latió tan fuerte que pensé que se me salía del pecho. Bajé los cinco pisos en pijama y con la polla todavía medio dura. La puerta de su casa estaba entreabierta. Entré. El repartidor ya se había ido. Laura me esperaba en el salón, sentada en el sofá con las piernas abiertas. El semen del chaval le chorreaba por el coño y el culo.

Me arrodillé sin decir una palabra y empecé a lamerla. Sabía a sexo, a condón y a hombre. Le metí la lengua en el coño, recogiendo todo lo que pude, y luego bajé al ano dilatado que todavía palpitaba. Ella me agarró del pelo y me apretó contra su carne. “Límpiamelo todo, vecino. Quiero que pruebes lo que me han metido”.

Cuando terminé, ella me bajó los pantalones y me la chupó con la misma hambre con la que había chupado al repartidor. Me corrí en su boca en menos de dos minutos. Tragó todo sin dejar caer ni una gota.

Ahora nos vemos casi todas las semanas. A veces solo miro. Otras bajo y participo. El marido sigue roncando en su habitación mientras yo me follo a su mujer en el salón o le como el coño lleno de leche ajena. Y cada vez que cruzo la mirada con Laura desde mi ventana, sé que esto no va a parar nunca.

Anoche mismo el repartidor le estaba dando por el culo mientras yo le metía la polla en la boca. Ella se corrió tan fuerte que casi se desmaya. Cuando el chaval se corrió dentro de su recto, me tocó a mí limpiarla otra vez. Me encanta el sabor de su culo después de que otro se haya corrido dentro. Y a ella le encanta que yo lo haga.

Esta mañana he visto al marido saliendo con su maletín. Me ha saludado con la mano. “Buenos días, vecino”, me ha dicho. “Hace buen día, ¿verdad?”. Yo solo he sonreído. Si él supiera lo que su mujercita hace mientras él rellena Excel en la oficina…

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