Me llamo Lucía, tengo 28 años y vivo en un viejo edificio de Madrid, de esos con paredes finas y balcones compartidos. Soy de las que no se cortan, me flipa el morbo de lo prohibido, sobre todo si hay riesgo de que nos pillen. Mi vecino del quinto, Javier, un tío de unos 50, viudo y con cuerpo de gimnasio, me tenía loca desde hace meses.
Todo empezó una noche de verano. La ventana abierta, el calor agobiante. Oí gemidos bajitos desde su balcón. Me asomé… y allí estaba él, en calzoncillos, con la polla en la mano, pajeándose fuerte mirando el móvil. Sus huevos peludos subían y bajaban, el tronco grueso brillaba de sudor. Se corrió con un gruñido ahogado, leche espesa salpicando el suelo. Me quedé clavada, mi coño se mojó al instante. Él levantó la vista, nuestras miradas se cruzaron un segundo. ¿Me vio? Fingí que no, pero el pulso me iba a mil.
La tensión que crecía en el pasillo
Desde entonces, cada encuentro en el ascensor era fuego. ‘Buenas noches, Lucía’, con esa voz grave, oliendo a colonia fuerte. Yo, con faldita corta, notaba sus ojos en mis tetas. Un día, el ascensor se paró entre pisos. Luz tenue, silencio roto solo por nuestra respiración. ‘Joder, qué calor’, murmuró él, quitándose la camisa. Su pecho ancho, vello oscuro… No aguanté. ‘¿Te acuerdas de la otra noche?’, solté. Se acercó, su aliento en mi cuello. ‘Te vi espiándome, puta curiosa’. Sus labios rozaron los míos, hesitanté… pero le comí la boca. Manos por todas partes, mi mano en su paquete duro como piedra.
El ascensor arrancó, pero ya no había vuelta atrás. Bajamos en su piso. Puerta cerrada, luces bajas filtrando por las persianas. ‘Cállate, que oyen todo’, susurró, arrancándome la blusa. Sus tetas mías saltaron libres, pezones duros. Me chupó uno, mordiendo suave, mientras su mano bajaba mi tanga. ‘Estás empapada, zorra’. Dedos gruesos en mi coño rasurado, frotando el clítoris hinchado. Gemí bajito, el pasillo crujía con pasos lejanos. Miedo y vicio puro.
El clímax brutal y el secreto ardiente
Me tiró en el sofá, polla fuera: enorme, venosa, cabeza morada goteando pre-semen. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé, lengua en el frenillo, saboreando salado. La tragué hasta la garganta, arcadas, saliva chorreando. Él agarró mi pelo, follando mi boca: ‘Así, trágatela toda’. Oí voces en el vecino, corazón a mil. Me puso a cuatro, lengua en mi culo primero, lamiendo ano y coño. ‘Qué rico culito’. Luego, polla en la entrada, empujó seco. Me abrió en dos, ‘¡Joder, qué prieta!’. Embestidas brutales, huevos golpeando mi clítoris. ‘Fóllame más fuerte, pero calla…’. Sudor, olor a sexo, sofá chirriando. Me corrí primero, coño contrayéndose, chorros mojando sus muslos. Él aceleró, ‘Me vengo, puta’. Caliente dentro, semen rebosando.
Agotados, abrazados. ‘Vuelve cuando quieras’, murmuró. Salí temblando, piernas flojas.
Al día siguiente, cruce en el pasillo. Ascensor lleno, pero solos un segundo. Sonrisa cómplice, su mano rozó mi culo. ‘Anoche fue la hostia’, guiñó. Bajamos, vecinos ajenos al secreto. Mi coño palpita aún recordándolo. ¿Repetimos? El morbo me mata.