Anoche no podía dormir. El calor del verano entraba por la ventana abierta del balcón. De repente, oigo notas de piano. Vienen del piso de al lado, el señor Raúl, el viudo misterioso del 4ºB. Me asomo con cuidado, la luz de la luna filtra por sus persianas entreabiertas. Lo veo: desnudo, tocando Beethoven, la polla medio dura balanceándose al ritmo. Su mano libre baja, se acaricia lento. Joder, qué vista. Mi coño se moja al instante, el aire fresco del balcón me eriza la piel.

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Al día siguiente, en el ascensor. Nos cruzamos. Él con esa sonrisa pícara, yo con el corazón latiendo fuerte. ‘Buenas noches no te dejaban dormir, ¿verdad?’, dice bajito, oliendo a colonia y algo más… prohibido. Nuestras miradas chocan, el ascensor sube lento, crujiendo. Su mano roza mi cadera ‘por accidente’. ‘Te vi anoche… desde el balcón’, susurro. Él se acerca, su aliento en mi cuello. ‘Ven esta noche. Quiero que toques mi piano’. La puerta se abre, salgo temblando, empapada.

La observación desde el balcón y el ascensor cargado

Llego a su puerta a medianoche, el pasillo desierto, solo el eco de mis tacones. Entra, cierra. El piano brilla bajo la luna. ‘Quítate todo’, ordena. Me desnudo, el suelo frío bajo mis pies. Me tumba sobre el piano, piernas abiertas, mi coño expuesto hacia él. Empieza la Sonata al Claro de Luna, notas lentas vibrando en mi cuerpo. ‘Tócate, como yo anoche’. Mis dedos en el clítoris, círculos húmedos, gimo suave. Él toca, ignorándome, pero su polla ya dura como piedra.

El primer movimiento acaba, me corro fuerte, un grito ahogado, jugos chorreando por la madera negra. ‘Sigue, no pares’, dice sin mirarme. El segundo, más rápido, mis tetas rebotan, froto furiosa, otro orgasmo me sacude, piernas temblando. El peligro: vecinos arriba, abajo, oyen todo. El placer de ser descubierta me enciende más. Tercer movimiento, presto, él para, me agarra los tobillos, me desliza al borde. Baja los pantalones, su verga gorda, brillante. ‘Cállate’, susurra, embiste mi coño de un golpe seco. Polla gruesa abriéndome, folla duro, golpes precisos en mi punto G.

El polvo brutal y el secreto en el pasillo

‘Joder, qué prieta estás’, gruñe, manos en mis nalgas. Sale, me da la vuelta, enculo mi culo, lubricado con mis jugos. Entra brutal, dolor-placer, me folla el ojete sin piedad, bolas chocando. Gimo alto, ‘¡Casi… nos oyen!’, pero él acelera, me tapa la boca. Se corre dentro, semen caliente llenándome. Yo exploto otra vez, squirteo sobre el piano, temblando.

Desnudos, sudorosos, fumamos en el balcón. ‘Vuelve cuando quieras’, dice. Me visto, salgo sigilosa. Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo con el correo. Nuestras miradas queman, sonrisas cómplices. ‘Buen día’, dice normal, pero su mano roza la mía, secreto ardiendo. Mi coño palpita recordando. El ascensor pasa vacío. Subimos juntos, puerta cierra, y ya sé lo que pasará arriba.

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