Me llamo Cristina, tengo 45 años, morena, con curvas que aún vuelven locos a los tíos. Vivo en un edificio viejo del centro, con esos balcones que se miran de reojo. Mi marido trabaja mucho, y yo… bueno, soy de las que disfrutan el morbo de lo prohibido. El otro día, todo empezó por casualidad. Estaba en mi salón, con las persianas entreabiertas, tomando un café. La luz del atardecer filtraba justo para ver el balcón del quinto, el del vecino nuevo. Ese cabrón alto, musculoso, de unos 35. Se había quitado la camisa, sudado del gym, y de repente… ¡zas! Baja los calzoncillos. Su polla colgando, gruesa, venosa, como un mazo. Me quedé helada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me vio? No sé, pero tragué saliva, notando cómo mi coño se humedecía solo de mirarlo.
Al día siguiente, en el ascensor. Compartimos planta, pero nunca hablamos. Entró detrás de mí, oliendo a colonia fuerte, sudor fresco. El espacio chico, sus pasos resonando en el metal. “Buenas, vecina”, dice con voz grave, sonrisa ladeada. Yo, nerviosa, “Hola…”. Sus ojos bajan a mi escote, mi falda ajustada. El ascensor para en el tercero, vacío. Silencio pesado. Siento su aliento en mi cuello. “Te vi ayer… desde tu balcón”. Me giro, roja. “¿En serio?”. Su mano roza mi cadera. “Sí, y tú a mí. Me pusiste cachondo”. El pulso me sube, el ding del ascensor suena lejano. Nuestras bocas chocan, lenguas enredadas, salvajes. Sus manos aprietan mi culo. “Vamos a mi piso”, murmura. La puerta se abre, salimos tambaleando, besándonos como posesos.
La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor
En su puerta, llave temblando. Entra, me empuja contra la pared del pasillo estrecho. Luz tenue del bombilla. Me arranca la blusa, pezones duros saliendo. “Joder, qué tetas”, gruñe chupándolos. Yo gimo bajito, “Cállate, nos oirán”. Pero mi coño palpita, chorreando. Baja mi falda, tanga empapada. Me mete dos dedos, “Estás inundada, puta”. Grito ahogada, mordiéndome el labio. Lo empujo al sofá, le bajo el pantalón. Esa polla enorme, tiesa, cabeza morada. La chupo, saliva goteando, bolas pesadas en mi mano. “Mmm, trágatela toda”, jadea él. Me atraganto, pero sigo, garganta profunda.
El polvo salvaje y el secreto del pasillo
Me tumba, piernas abiertas. Entra de golpe, rompiéndome. “¡Aaaah! ¡Qué polla gorda!”, susurro gritando. Me folla brutal, embestidas profundas, mi coño chorreando jugos por sus huevos. El sofá cruje, ruidos en el pasillo… ¿pasos? El miedo me excita más, aprieto su culo. “Fóllame más fuerte, pero calla”. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo, tetas botando. Sus manos en mi clítoris, frotando. “Me corro, joder”. Él acelera, “Córrete en mi polla”. Explosión, mi squirt mojando todo, él eyacula dentro, semen caliente llenándome. Gemidos ahogados, sudor pegajoso.
Después, jadeando, nos vestimos rápido. “Ha sido… increíble”, dice él besándome. Salgo primero, piernas temblando, coño dolorido y satisfecho. Noche en vela, recordándolo. Al día siguiente, en el pasillo. Pasos lentos, luz mañanera filtrando. Nos cruzamos. Él guiña, yo sonrío cómplice. “Buenos días, vecina”. Mi marido pregunta por qué ruborizo. El secreto quema, delicioso. ¿Repetimos? El ascensor espera.