No sé por qué esa noche miré hacia el balcón de al lado. Era viernes, las luces de la ciudad parpadeaban, y el aire fresco me erizaba la piel bajo la camiseta fina. Ahí estaba ella, mi vecina Carmen, la de pelo negro largo y curvas que matan. Se había quitado la blusa, solo en sujetador negro, y se tocaba despacio el coño por encima de las bragas. Sus dedos se movían rítmicos, la cabeza echada atrás, labios entreabiertos soltando gemiditos ahogados. La luz de su lámpara filtraba por las persianas mal cerradas, proyectando sombras calientes en mi pared. Mi clítoris se despertó al instante, palpitando. Me mordí el labio, no podía apartar la vista. ¿Me vio? Su mirada pareció clavarse en mí un segundo, pero siguió, metiendo la mano dentro, follando el aire con las caderas.

Al día siguiente, en el ascensor. Vacío, solo nosotros. Olía a su perfume dulce, mezclado con el metal frío. Nuestros brazos se rozaron. ‘Buenas’, murmuró con voz ronca, ojos brillantes. ‘Anoche… ¿viste algo interesante?’, soltó de repente, sonriendo pícara. Mi corazón latió fuerte, el ascensor zumbaba bajando lento. ‘Quizá’, balbuceé, sintiendo el calor subir por mi cuello. Se acercó, su pecho rozando el mío. ‘Me gustó que miraras. Me mojé más pensando en tus ojos’. Su mano bajó a mi culo, apretando suave. El ascensor paró en mi planta. ‘Ven a mi piso ahora. O me corro aquí mismo’. La puerta se abrió, pasos en el pasillo. Dudé, pero la seguí. La puerta de su casa se cerró con un clic, y la barrera cayó.

La mirada furtiva desde el balcón

Dentro, luces tenues, el mismo balcón abierto dejando entrar brisa fría. Me empujó contra la pared, besándome salvaje, lenguas enredadas, saliva caliente. ‘Quítate todo, voy a comerte ese coño que me espiaba’, gruñó. Le arranqué las bragas, mojadas ya, y hundí dos dedos en su chochito resbaladizo. Gimió alto, ‘¡Sí, joder, más profundo!’, clavándome las uñas. La tiré al sofá, abrí sus piernas anchas. Su clítoris hinchado, rosado, lo lamí despacio, chupando fuerte mientras metía la lengua dentro. ‘¡Me vengo, coño, no pares!’, chilló, convulsionando, squirt salpicando mi cara. El vecino de arriba dio un portazo, ¿nos oyó? El miedo me excitó más. Me montó encima, frotando su coño contra el mío, clítoris contra clítoris, resbalosas, sudadas. ‘Fóllame con los dedos, métemelos todos’, jadeó. Tres dedos en su culo apretado, mientras ella me pellizcaba los pezones. Gemí bajito, mordiéndome el puño para no gritar. Nos corrimos juntas, temblando, jugos mezclados goteando al suelo. El placer del peligro, sabiendo que las paredes son finas, que cualquier vecino podía oírnos follar como putas.

El clímax en el pasillo y el secreto al día siguiente

Después, tumbadas jadeando, el aire fresco del balcón secando nuestro sudor. ‘Vuelve cuando quieras mirar… o tocar’, susurró, besándome el cuello. Me fui a las tres de la mañana, piernas flojas, coño palpitando aún.

Al día siguiente, en el pasillo. Cargando la basura, nos cruzamos. Sonrisas cómplices, ojos que dicen todo. ‘Buen provecho’, dijo bajito, guiñando. Mi clítoris dio un salto. El secreto quema, delicioso. Sé que pasará otra vez.

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