Hola, soy María, una española de 45 años que vive en un edificio con piscina compartida en Valencia. Tengo el cuerpo aún tonificado de mis años nadando, rubia, 1,69 m, con un culo redondo que vuelve loco a mi pareja y unas tetas pequeñas pero firmes, 95B, siempre erguidas. Me encanta el morbo de lo prohibido, sobre todo con vecinos, ese riesgo de que nos pillen, el cosquilleo de ser vista o ver.

Era finales de julio, calor asfixiante. Daba clases de natación a los niños del bloque. Ese día, tocaba Pablo, el peque del vecino del cuarto, Víctor. Su padre lo traía siempre, un tipo alto, unos 50, con ojos que te desnudan. Me lo cruzaba en el ascensor, saludos cortos, pero notaba sus miradas en mi culo cuando bajaba las escaleras.

La tensión sube en la piscina comunal

En la piscina, el agua chapoteaba, el sol pegaba fuerte a las 10. Pablo chapoteaba torpe, progresaba poquito. Víctor en el borde, bronceándose, pero yo sentía sus ojos clavados en mí. Mi maillot azul se subía, se metía entre las nalgas, dejando mi raja al aire casi. De espaldas, inclinándome para corregir a Pablo, oía su respiración. ‘¡Vamos, Paulito, brácitos rectos!’, gritaba yo, pero el padre… uf, me ponía cachonda.

Al acabar, le dije: ‘Víctor, ven, hablemos del progreso de Pablo en el vestuario, que no nos oiga’. El crío se fue con otro vecino al agua. Caminé delante, el maillot aún más arriba, mi culo blanco partido por la lycra. Sentía sus pasos pesados detrás, el pasillo húmedo oliendo a cloro.

Entramos al vestuario vacío, eco de gotas. Me giré para hablar, pero sus ojos en mi speedo. ‘Mira… se te ha subido’, murmuró ronco. Dudé, corazón latiendo. Nuestras miradas chocaron. Metí los dedos en las caderas, bajando la tela despacio. Él me agarró las muñecas, las cruzó atrás, firme pero suave. Me arqueé, pezones duros contra el lycra.

Su mano libre rozó mi monte, apartó la braga. ‘Estás mojada ya, puta’, susurró. Dedo en mi coño, resbalando por los labios, presionando el clítoris. Gemí bajito, ‘shhh, los niños…’. Empujé cadera, su dedo entró fácil en mi humedad. Vaivenes rápidos, luego me dio la vuelta, manos en la pared rugosa. Tendí el culo, ansiando.

El polvo brutal en el vestuario

Manoseó mis nalgas, subió a tetas, pellizcó pezones. ‘Qué tetitas ricas’, gruñó. Su polla dura contra mi culo, a través de la ropa. Bajó la lycra del todo, globos blancos al aire. Dedos en muslos, en labios, pulgar en ano. ‘Quiero que me folles’, jadeé. Me quité el top, tetas libres, vello rubio depilado.

Lo besé, saqué su verga gorda del pantalón. ‘Joder, qué polla’, respiré acelerada. Me arrodillé, lengua en glande, tragué hasta garganta. Él me sujetó cabeza, follándome la boca, manos en tetas rebotando. ‘Para, o me corro’, dijo.

Me puse de pie, besos con su sabor, luego al muro, agarré ganchos de toallas. Culo en pompa. Él ceñí caderas, polla en entrada. ‘¡Entra ya!’. Deslizó hasta cojones, llenándome. Embestidas brutales, mis nalgas chocando, ‘clap clap’. ‘Cállate o nos oyen’, siseó, pero follaba más fuerte. Sentía corrida subir, aceleró, chorro caliente en mi coño, besándome espalda.

Se apartó rápido, ‘los críos…’. No corrí, pero el placer ardía. Di la última clase ida, coño goteando.

Al día siguiente, pasillo del bloque. Él saliendo, yo con bolsas. Miradas cómplices, sonrisas calientes. ‘Buen día, vecina’, guiñó. Mi coño se mojó al instante. Ese secreto quema aún, fantaseo revivirlo en el ascensor…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *