Ayer por la noche, volvía tarde del curro. El pasillo del edificio estaba a oscuras, esas luces automáticas que no se encienden si vas de puntillas. Oí pasos suaves detrás de mí. Era él, mi vecino del 4ºB, ese tío alto y moreno que siempre me mira con hambre en el ascensor. Nuestras puertas están una al lado de la otra, y desde hace semanas noto la electricidad. Sonrisas rápidas, roces accidentales cargando la compra.

Se acercó sin decir nada, su mano rozó la mía. Fría por el aire de la calle. Empezó a masajearme la palma, despacio, subiendo calor. Me giré, sonrojada, los ojos brillando bajo la luz tenue que se colaba de la escalera. Sonrió, pícaro. No pude resistir. Me atrajo contra él, levantó mi barbilla y me besó. Dios, qué beso. Sus labios calientes, su lengua invadiendo mi boca como si me poseyera ya. Mi cuerpo reaccionó al instante, pezones duros contra su pecho.

La chispa en el pasillo desierto

Se apartó un segundo, yo abrí los ojos confundida. ¿Por qué parar? Reí bajito, él sonrió lobuno y volvió a por mí. Me empujó contra la pared fría del pasillo. Nadie alrededor, solo el eco de nuestras respiraciones. Bajó a mi cuello, mordisqueando. Sentí un escalofrío, quise reprimirlo pero nah. ‘Déjate llevar’, me susurró al oído, voz ronca. Mi pecho subía y bajaba desbocado, traicionándome. Sus manos en mi cintura delgada, apretándome contra su paquete duro. Joder, lo notaba palpitando.

‘Ven conmigo…’, murmuró, dedos colándose bajo mi jersey. Presión en mis tetas, subiendo hasta soltar el sujetador. Respirábamos como animales. ‘No hagas eso’, dije escondiendo la cara en su torso, pero no me aparté. Su polla presionaba mi coño por encima de la falda. ‘No nos conocemos lo suficiente…’, balbuceé. Mentira. Lo deseaba desde que lo vi follando con la ex por la ventana entreabierta.

No aguantó más. Me desnudó el pecho, mis tetas al aire. Me cubrí, pero él apartó mis manos. ‘¿Por qué tienes miedo?’, preguntó. No respondí. Sabía que era virgen en algo, inexperta con tíos como él. Eso lo enloqueció. Se bajó los pantalones, sacó esa polla gruesa, venosa, tiesa como una barra. ‘Última chance para huir’, jadeó. Yo temblaba. Su mano subió mi falda, rozó mi coño empapado. Dedos dentro, masajeando el clítoris. Gemí bajito, mordiéndome el labio por miedo a que nos oyeran los vecinos.

El polvo intenso y el secreto ardiente

Me guió la mano a su polla. La apreté, dura, caliente. Se la pajeé torpe al principio. Bajó mis bragas de un tirón, casi las rompe. ‘Relájate, vas a flipar’, susurró. Me penetró despacio, su verga abriéndome el coño virgen de pollas gordas. Dolía un poco, pero placer puro. Empujó más fuerte, yo ahogué un grito contra su hombro. El pasillo olía a sexo, sudor, su colonia mezclada con mi humedad.

Folló brutal, sin piedad. Mi espalda chocaba la pared con thuds sordos. ‘Cállate o nos pillan’, gruñó, tapándome la boca. Pero gemía yo sola, ‘¡Sí, joder, más profundo!’. Se volvió salvaje, sabiendo que era la primera en corrérmela así. Sus embestidas rápidas, polla hinchándose. Me corrí primero, coño contrayéndose, jugos chorreando por sus huevos. Él explotó dentro, lechada caliente llenándome. Nos quedamos quietos, jadeando, corazones latiendo como tambores.

Luego, realidad. Me subí la ropa a toda prisa, roja como un tomate, sin mirarlo. Corrí a mi puerta, llave temblando. Él se quedó ahí, polla aún medio dura, sonriendo.

Hoy, cruzándonos en el pasillo. Luz automática encendida esta vez. Nuestras miradas se clavaron, secreto quemando. Su mano rozó mi culo disimuladamente. ‘Buen día’, dijo con guiño. Sonreí, coño palpitando de nuevo. Esto no acaba aquí. El edificio entero es nuestro patio de juegos prohibido.

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