Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó ayer con Miguel, el vecino del quinto, ese chaval de veintipocos con cuerpo de infarto. Siempre lo miro de reojo en el pasillo, su culo prieto en esos vaqueros ajustados… Me pone a cien. Ayer subía en el ascensor del garaje, sudada del gym, mi blusa pegada a las tetas, pezones duros marcándose. Entró él, oliendo a colonia fresca, y el aire se cargó al instante. Nuestras miradas chocaron en el espejo, eh… sonrió pícaro, yo crucé las piernas apretando el coño que ya palpitaba.

El ascensor pitó al parar en mi planta, pero en vez de salir, me apoyé en la pared, jadeando bajito. ‘¿Calor, Lola?’, murmuró acercándose, su aliento en mi cuello. Sentí su mano rozar mi muslo, subiendo despacio por la falda. ‘Mucho… contigo’, le susurré, mordiéndome el labio. El ding del ascensor abriéndose nos sobresaltó, pero las puertas se cerraron solas. Sus dedos ya en mi braguita, notando la humedad. ‘Joder, estás chorreando’, gruñó. Yo le agarré la polla por encima del pantalón, tiesa como una barra. Bajamos al garaje, el corazón latiéndome fuerte, el eco de nuestros pasos resonando en el hormigón frío.

La mirada que lo encendió todo en el ascensor

Paramos mi coche en la esquina oscura, luces fluorescentes parpadeando. Apagué el motor, el silencio amplificó todo. ‘Aquí nadie nos ve’, dije tirando de él al asiento trasero. Pero no, mejor fuera: lo saqué contra la puerta del coche, el metal caliente de la tarde. Sus manos subieron mi falda, arrancando la braguita de un tirón. ‘Quiero follarte ya, puta cachonda’, jadeó metiendo dos dedos en mi coño empapado. Gemí fuerte, el eco rebotando en las columnas. Sus labios chupando mi cuello, mordiendo, mientras yo le bajaba los pantalones. Su polla saltó libre, gorda, venosa, el glande brillando de pre-semen.

El polvo brutal contra el coche y el secreto del pasillo

Me giré, apoyada en el capó, culazo al aire. ‘Métemela, Miguel, rómpeme el coño’. Embistió de una, hasta el fondo, mis paredes apretándolo como un guante. ¡Ay, dios! El slap-slap de su pubis contra mi culo, mis tetas botando libres fuera del sujetador. ‘¡Más fuerte, joder, que nos oigan los vecinos!’, grité, el placer del riesgo volviéndome loca. Él me agarraba las caderas, clavándome los dedos, follando como un animal. Sentía su polla hinchándose, rozando mi punto G, el clítoris palpitando contra su saco. Me corrí primero, un chorro empapando sus huevos, piernas temblando, uñas en el metal arañando. ‘¡Córrete dentro, lléname!’, supliqué. Él rugió, clavándose hondo, la lechada caliente inundando mi útero, goteando por mis muslos.

Nos quedamos jadeando, sudorosos, su polla aún dentro pulsando. Me besó el hombro, ‘Eres una viciosa, Lola’. Subimos a casa por separado, el ascensor oliendo a sexo. Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos miradas. Él sonrió, yo guiñé, rozando su paquete disimuladamente. ‘Buen día, vecino’, dije bajito. El secreto quema, y sé que repetiremos. Ese frisson de lo prohibido… adictivo.

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