Ay, qué nervios contarlo aún. Vivo en un edificio viejo en Madrid, paredes finas, balcones pegados. Mis vecinos del 4º, un matrimonio de unos 50, él con barriguita, ella más joven y buena. Al principio, solo los pillaba por casualidad. Una noche, luz filtrando por las persianas entreabiertas. Él la comía el coño en el sofá, ella gimiendo bajito, ‘¡Sí, Georges, lame más!’ Me quedé paralizada en mi balcón, el aire fresco de la noche erizándome la piel, mi mano ya dentro de las bragas.
Pasos en el pasillo, eco hueco. Otro día, en el ascensor. Solo él y yo, subiendo del garaje. ‘Buenas noches, ¿qué tal?’, dice con sonrisa pícara. Huelo su colonia mezclada con sudor. Nuestros cuerpos rozan, el ascensor traquetea. ‘Bien, y tú… ¿siempre tan calladitos en casa?’, suelto, juguetona. Se ríe, ‘¿Espiando?’. La tensión sube, sus ojos en mis tetas. El ascensor para en mi piso, pero no salgo. Puerta cierra, botón de mi planta otra vez. ‘Joder, no aguanto más’, murmura, y me besa. Manos everywhere, mi culo apretado contra la pared metálica fría.
La mirada indiscreta y la tensión en el pasillo
¡Pum! El ascensor arranca, pero nos da igual. ‘Shhh, que nos oigan’, susurro, excitada por el peligro. Me sube el vestido, bragas a un lado, dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, puta vecina’, gruñe. Yo le bajo el pantalón, su polla gorda salta, venosa, cabezota morada. La chupo rápido, saliva goteando, él gimiendo ‘¡Cojones, qué boca!’. El ascensor sube lento, pitidos de pisos. Me gira, culazo al aire, ‘Fóllame ya, métemela toda’. Empotra, polla hundiéndose en mi coño hasta el fondo, ‘¡Ahhh, joder, qué prieta!’. Golpes secos, chapoteo de fluidos, mis tetas rebotando contra la puerta. ‘¡Más fuerte, que se enteren todos!’, jadeo, uñas en su espalda. Él me agarra el pelo, me folla como animal, ‘Te voy a llenar de leche, zorra’. Siento su rabo hincharse, palpitar, y explota: chorros calientes inundándome el útero. Yo reviento en orgasmo, mordiendo mi mano para no gritar, piernas temblando, olor a sexo impregnando el cubículo.
El polvo brutal y el secreto al cruzarnos
El ascensor llega, paramos jadeantes. Me baja el vestido, él se sube el pantalón, semen goteando por mi muslo. ‘Nadie ha oído nada’, dice guiñando. Salimos, beso rápido. Noche en vela, reviviendo el polvo, coño palpitante.
Al día siguiente, pasillo estrecho, luz fluorescente parpadeando. Nos cruzamos. Él con bolsas, yo con la compra. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, sonrisa cómplice. ‘Como un bebé, después de… eso’, respondo bajito, rozando su mano. Sus ojos bajan a mi culo, fuego en la mirada. ‘Repetimos cuando quieras, vecina’. Pasos lejanos, nos separamos, pero el secreto quema. Cada crujido de puerta ahora es promesa de más. ¡Qué vicio este edificio!