Eran las tres de la mañana y no pegaba ojo. El insomnio me tenía dando vueltas en la cama, sudando un poco. Oí pasos en el pasillo, suaves, como si alguien intentara no hacer ruido. Me levanté, curiosa, y miré por la mirilla. Nada. Pero el corazón me latía fuerte. Al día siguiente, en el ascensor, ahí estaba él. Mi vecino del quinto, alto, con esa barba de tres días que me volvía loca. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas’, murmuró, con voz ronca. Yo sonreí, nerviosa, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Sus ojos bajaron a mi escote, rápido, pero lo pillé. El ascensor paró en mi piso. Salí, pero él susurró: ‘Oye, ¿vienes mucho por aquí de noche?’. Me giré, mordiéndome el labio. ‘A veces… ¿y tú?’. La puerta se cerró, pero supe que aquello no acababa ahí.

Pasaron dos días. Lo vi en el balcón de enfrente, fumando, con la luz filtrando por las persianas. Yo me asomé con una copa de vino, camisón ligero. Nuestros ojos se engancharon. Él sonrió, pícaro, y se rascó la entrepierna sin disimulo. Joder, qué morbo. Esa noche, ruido en el pasillo otra vez. Abrí la puerta un poco. Él estaba ahí, con una bolsa de basura. ‘No podía dormir’, dijo bajito. Entré en su juego. ‘Yo tampoco. ¿Quieres pasar?’. Dudó, miró alrededor. El pasillo vacío, pero el ascensor zumbaba abajo. ‘Mejor aquí’, murmuró, empujándome contra la pared. Sus labios en mi cuello, manos subiendo por mis muslos. ‘Shhh, que nos oigan’, gemí. Pero ya estaba mojada, perdida.

La tensión que sube en el pasillo

Paramos el ascensor entre pisos. Puertas cerradas, luz parpadeante. ‘Quítate las bragas’, ordenó, voz grave. Obedecí, temblando de excitación. El peligro de que alguien pulsara el botón… uf. Me arrodillé, polla ya dura sacándola del pantalón. Gruesa, venosa, con ese olor a hombre que me enloquece. La lamí despacio, lengua en el glande, saboreando el precum salado. ‘Mámamela bien, puta vecina’, gruñó, agarrándome el pelo. Chupé fuerte, garganta profunda, babeando toda. Slurp, slurp, eco en el metal. Él gemía bajito, ‘Joder, qué boca’. Me levantó, me dio la vuelta contra la pared. Pantalones abajo, polla frotando mi coño empapado. ‘Te follo aquí mismo’, dijo. Entró de un golpe, dura, llenándome. Plaf, plaf, carne contra carne. Yo ahogaba gemidos, mordiendo mi mano. ‘Más fuerte, pero calla, coño’, jadeé. Él aceleró, mano en mi boca, la otra pellizcando tetas. Sentía su aliento caliente en la nuca, sudor goteando. ‘Me voy a correr dentro’, avisó. ‘Sí, lléname’, supliqué. Eyaculó caliente, chorros potentes. Yo me corrí temblando, coño contrayéndose alrededor de su polla.

Paramos jadeando, limpiándonos rápido con pañuelos. Subió a su piso, yo al mío. Corazón a mil, piernas flojas. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo volviendo del gym. Nuestras miradas… fuego puro. ‘Buen día’, dijo, guiñando. Sonreí, sonrojada. ‘Sí, muy bueno’. Pasó rozándome el culo ‘sin querer’. Supe que repetiríamos. Ese secreto nos une, el frisson del vecino prohibido. Cada noche miro la mirilla, esperando sus pasos.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *