Estaba en mi balcón, con el aire fresco de la noche rozándome la piel, fumando un cigarro. Del piso de enfrente, la luz filtraba por las persianas mal cerradas. Oí gemidos… joder, gemidos roncos. Me acerqué, curiosa. Allí estaba él, mi vecino del quinto, un maduro con pinta de ex-hippie, pelirrojo y musculoso, clavando su polla gorda en una tía pelirroja igual de salvaje. Ella a cuatro patas, tetas colgando, gritando ‘¡Más fuerte, cabrón!’. La toison rizada de su coño brillaba de jugos. Él la azotaba el culo, sudando. Me mojé al instante, tocándome por encima del pantalón corto.
Al día siguiente, pasos en el pasillo. El ascensor se paró en mi planta. Entró él, solo, con esa sonrisa pícara. ‘Buenas, vecina… ¿dormiste bien?’. Dudé, el corazón latiéndome fuerte. ‘Vi… vi todo anoche. Por la ventana’. Se acercó, el olor a hombre me invadió. ‘¿Y qué viste?’. Su mano rozó mi cadera. ‘Te vi follando como un animal’. El ascensor subió lento, el zumbido tapando nuestros jadeos. No aguanté. ‘Me pusiste cachonda’. Él pulsó el stop de emergencia. ‘Ven aquí, puta curiosa’. Me besó brutal, lengua dentro, manos en mis tetas. Bajó mi pantalón, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando por mí’. La barrera cayó. ‘Fóllame ya’.
La tensión sube en el ascensor
Me giró contra la pared fría del ascensor, culos al aire. Sacó su polla dura, venosa, con esa cabeza hinchada que vi anoche. ‘Mira cómo te la meto’. Empujó de un golpe, partiéndome el coño. ‘¡Joder, qué prieta estás!’. Gemí alto, el eco rebotando. ‘Cállate o nos pillan’, susurró, tapándome la boca. Pero follaba sin piedad, polla entrando y saliendo, chapoteando en mi salsa. Le arañé la espalda. ‘Me encanta verte espiar, voyeur de mierda’. Me mordió el cuello, pellizcó los pezones. Bajó una mano, frotó mi clítoris. ‘Córrete, zorra’. Explosé, piernas temblando, chorros mojando el suelo. Él gruñó: ‘Ahora mi leche en tu culo’. Sacó, escupió en mi ojete, metió dos dedos. ‘Relájate’. Empujó la polla en mi culo, despacio al principio, luego a saco. ‘¡Qué ano tan apretado!’. Me follaba el culo como un loco, bolas golpeando mi coño. ‘Voy a llenarte’. El riesgo me volvía loca: ¿y si alguien pulsaba? Oí pasos fuera… pero él aceleró. ‘¡Toma, puta vecina!’. Caliente, su lechada inundó mi recto, goteando. Se retiró, jadeando. ‘Límpiala’. Me arrodillé, chupé su polla sucia, saboreando todo.
Pulsó para seguir. Bajamos, arreglándonos la ropa. ‘Nuestro secreto’. Sonreí, coño y culo palpitando. Al día siguiente, cruce en el pasillo. Él con bolsas, yo con la basura. Nuestras miradas se clavaron. ‘¿Dormiste bien?’, guiñó. ‘Con el culo dolorido, sí’. Él rió bajito. ‘Vuelve a espiar esta noche. Quizás te invite’. Pasos lejanos… nos separamos, pero el fuego ardía. Ese secreto nos une, puro morbo vecinal.