Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó ayer con el chico nuevo del quinto. Me llamo Carmen, vivo sola en este edificio viejo del centro, y soy de esas que no se cortan un pelo con el sexo. Me flipa el morbo de mirar, de que me pillen, ese pellizco en la tripa cuando sabes que estás a un paso de que te descubran. Todo empezó por casualidad, como siempre pasa en estas cosas.
Era de noche, las luces de mi salón filtrándose por las persianas mal cerradas. Oí ruido en el piso de al lado, el nuevo inquilino. Un chaval de unos 20 tacos, delgado pero con cuerpo de gimnasio, pelo revuelto y esa cara de inocente que me pone a mil. Me acerqué a la ventana… y joder, qué vista. Estaba en su baño, desnudo, el agua cayendo a chorros. Su polla… uf, gorda, semi-dura, colgando entre las piernas. Se enjabonaba el pecho, bajó las manos… y empezó a pajearse despacio. La luz amarilla del baño hacía que su piel brillara, el vapor empañando el cristal pero no lo suficiente. Yo, con el coño ya húmedo, me quedé pegada, mordiéndome el labio. ¿Me vio? No sé, pero siguió, acelerando, hasta que soltó un gemido ahogado y eyaculó contra la mampara. Me corrí solo de verlo, tocándome por encima del pantalón.
La mirada voyeur que lo encendió todo
Al día siguiente, bajando al súper en el ascensor. Puertas cerrándose… y entra él. Solo nosotros dos, el aire cargado, oliendo a su colonia fresca mezclada con mi perfume dulce. ‘Hola, vecina’, dice con voz tímida, ojos bajando a mis tetas que se marcan bajo la blusa fina. ‘Hola, guapo. ¿Nuevo por aquí?’, respondo, acercándome un poco. El ascensor viejo hace ese ruido metálico, subiendo lento. Nuestras miradas se cruzan en el espejo, tensión eléctrica. Siento su aliento acelerado. ‘Te vi anoche… por la ventana’, suelta de golpe, ruborizándose. Yo sonrío, pícara: ‘¿Y qué viste exactamente?’. Se acerca, su mano roza mi cadera. ‘Todo’. El ascensor para entre pisos con un traqueteo. Nos miramos… y explotamos. Lo empujo contra la pared, beso salvaje, lenguas enredadas, su polla ya dura contra mi vientre.
El ascensor se convirtió en nuestro infierno de placer
Le bajo el pantalón de un tirón, su verga salta libre, venosa, cabezota hinchada. ‘Joder, qué polla más rica’, gimo, arrodillándome. La chupo hambrienta, saliva chorreando, bolas en la mano. Él gime fuerte: ‘Carmen… mierda, para, nos van a oír’. Pero no paro, la meto hasta la garganta, tosiendo un poco, el sabor salado volviéndome loca. Se oyen pasos arriba, el ascensor vibra… morbo puro. Me levanto, me subo la falda, braguita a un lado: ‘Fóllame ya, cabrón’. Me empotra contra la puerta, polla resbalando en mi coño empapado. Entra de un golpe, hasta el fondo. ‘¡Ay, joder!’, grito bajito, mordiéndome el cuello. Bombeos brutales, piel contra piel, chapoteo húmedo. Sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. ‘Cállate o nos pillan’, jadea él, pero me folla más fuerte, el ascensor temblando. Siento su glande golpeando mi cervix, mi clítoris frotándose contra su pubis. ‘Me corro… ¡me corro!’, susurro, piernas temblando, chorros calientes bajándome por los muslos. Él gruñe, se corre dentro, leche espesa llenándome, goteando.
Paramos jadeando, sudorosos, olor a sexo impregnando el aire. Sube el ascensor, nos arreglamos rápido. Salimos como si nada. Hoy, cruzándonos en el pasillo… sonrisa cómplice, su mano roza mi culo disimuladamente. ‘Repetimos pronto, vecina’, susurra. Yo asiento, coño palpitando aún. Ese secreto nos une, el edificio entero podría saberlo, pero no diré ni mu. ¿Y si os cuento más? El balcón de enfrente promete…