Ayer por la tarde, el sol filtraba por las persianas del balcón, ese rayo dorado que calienta la piel. Estaba sola, con el coño palpitando después de probar mi nuevo plug anal, ese de metal frío que aún sentía dentro. De repente, ruido de pasos en el pasillo. Miré por la rendija de las cortinas… y allí estaban ellos, mis vecinos del quinto, Ana y su marido Pablo. Ella inclinada contra la barandilla del balcón contiguo, falda subida, él embistiéndola por detrás con saña. ‘¡Joder, Pablo, más fuerte!’, gemía ella, voz ronca, el culo rebotando con cada polla que entraba hasta el fondo. El aire fresco del atardecer llevaba su olor a sudor y sexo. Me quedé paralizada, mano en el clítoris, viendo cómo él le apretaba las tetas, mordiéndole el cuello. Se corrió dentro, gruñendo, y ella tembló, chorros de jugo bajando por sus muslos. Me mojé tanto que el plug vibró solo con mi excitación.
Al día siguiente, ascensor. Compartido, como siempre. Ana entró primero, sonrisa pícara, ese perfume dulce que invade. ‘Hola, vecina… ¿bien dormida?’, dijo, ojos clavados en los míos, como si supiera. Pablo detrás, alto, musculoso, bulto en los pantalones. El ascensor bajó lento, aire cargado. Su mano rozó mi culo ‘por accidente’. ‘Perdón…’, murmuró, pero su aliento caliente en mi oreja. Tension sexual pura. ‘Anoche… os vi’, solté, voz temblorosa. Silencio. Luego Ana rió bajito. ‘¿Y te gustó? Ven esta noche, sube. Queremos… compartir’. El ding del ascensor sonó como una invitación al infierno. Corazón latiendo, subí.
La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor
Puerta abierta, luces tenues. ‘Pasa, Laura’, dijo Pablo, voz grave. Ana ya en tanga, tetas al aire. Me quitaron la blusa, besos húmedos en el cuello. ‘Sabemos que miras, guarra’, susurró ella, dedo en mi coño empapado. Pablo me tumbó en el sofá, polla dura sacada ya, gorda, venosa. ‘Chúpala’, ordenó. La tragué entera, saliva chorreando, bolas en la mano, lamiendo el frenillo hasta que gimió. Ana se sentó en mi cara, coño rasurado frotándose. ‘Lámeme, puta vecina’. Le metí la lengua, saboreando su sal, mientras Pablo me follaba la boca.
El polvo brutal y el secreto compartido
Me pusieron a cuatro patas. ‘Ahora te abrimos el culo’, dijo él, escupiendo en mi ano. El plug salió con un pop húmedo, su polla entró despacio, estirándome. ‘¡Joder, qué apretado!’, gruñó. Ana debajo, chupándome el clítoris, tetas rozando. Ritmo brutal: polla en culo, dedos en coño. ‘¡Más, folladme fuerte!’, supliqué, miedo a que vecinos oyeran los golpes, gemidos. Él aceleró, nalgas contra mí, ‘Te lleno de leche’. Se corrió, chorros calientes inundándome el recto. Ana vibró un dildo en mi clítoris, yo exploté, squirt empapando el sofá. Luego ella: Pablo la empaló vaginal, yo le metí el plug en el culo. ‘¡Sí, encúlame mientras me folla!’, gritó. Orgasmos en cadena, sudor, olores a semen y coño.
Al amanecer, me fui sigilosa. Mañana, pasillo. Ana cruzando, bata suelta, moretones en cuello. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, sonrisa cómplice, mano rozando mi teta. Pablo guiñó ojo desde la puerta. ‘Vuelve pronto, vecina’. Ese secreto quema, cada mirada promete más. El edificio nunca fue tan caliente.