Era viernes por la noche, hacía un calor de cojones en el edificio. Me desperté sudada, con la vejiga a reventar. Nada, tenía que mear ya. Me levanté de la cama, desnuda como siempre en verano, y fui al baño. Pero al volver, oí ruidos raros en el piso de al lado. Gemidos ahogados, como de alguien conteniéndose. El vecino del quinto, ese tío alto y moreno que siempre me saluda con una sonrisa pícara.
Me acerqué a la ventana, las persianas entreabiertas dejaban filtrar una luz tenue del patio interior. Dios, ahí estaba él, de pie frente al espejo del baño, con la polla en la mano. La tenía enorme, dura como una piedra, subiendo y bajando la mano despacio. Se tocaba los huevos, gimiendo bajito. Yo… no pude apartar la vista. Mi coño se mojó al instante, sentía el calor subiendo por las piernas. Me toqué un poco, rozando el clítoris, imaginando esa verga dentro de mí.
La mirada indiscreta que lo cambió todo
Al día siguiente, en el ascensor. Coincidimos solos, el aire cargado. Él oliendo a colonia fresca, yo con un vestido ligero sin bragas, recordando la noche. Nuestras miradas se cruzaron, intensas. “Buenas noches, ¿dormiste bien?”, dijo con voz ronca. Yo tragué saliva, “Eh… sí, oí ruidos, no pude dormir del todo”. Sonrió, sabiendo. Su mano rozó mi cintura al salir, un escalofrío me recorrió. “Si quieres, ven esta noche a mi piso. Te invito una copa”. La puerta del ascensor pitó, el corazón me latía fuerte. Asentí, la barrera había caído.
Llegué a su puerta a medianoche, el pasillo vacío salvo por el eco de mis tacones. Abrió en calzoncillos, polla ya medio tiesa marcándose. Me metió dentro de un tirón, cerrando con llave. Nos besamos como lobos, lenguas enredadas, mordiéndonos los labios. Me arrancó el vestido, quedé desnuda, tetas al aire, pezones duros. “Joder, te vi anoche mirando”, gruñó, manoseándome el coño. Estaba empapada, dedos resbalando dentro, follándome con ellos. Gemí fuerte, “Sí, tu polla… me pone cachonda”.
El secreto ardiente en el pasillo
Me tiró en el sofá, abrió mis piernas y se hundió en mí de una embestida. Su verga gruesa me llenaba, polla dura chocando contra mi cervix. “¡Fóllame fuerte!”, le supliqué, uñas clavadas en su espalda. Él embestía salvaje, huevos golpeando mi culo, sudor goteando. Oíamos pasos en el pasillo, vecinos volviendo tarde. El miedo nos excitaba más, mordiéndonos para no gritar. Me puse encima, cabalgándolo, coño tragándose su polla entera, clítoris frotando su pubis. “Me corro… ¡joder!”, jadeó, llenándome de leche caliente, chorros potentes dentro. Yo exploté, squirteando un poco, piernas temblando.
Agotados, nos quedamos jadeando, polla aún dentro, semen chorreando. Me besó el cuello, “Ha sido brutal, pero calladito, eh”. Me fui a mi piso temblando, coño dolorido y satisfecho.
Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Él con bolsas de la compra, yo con el pelo revuelto. Nuestras miradas se encontraron, sonrisa cómplice. Sus dedos rozaron los míos disimuladamente, un guiño. “¿Todo bien?”, murmuró. “Perfecto, vecino”. El secreto quema, y ya planeo la próxima. El edificio nunca fue tan excitante.