Ayer por la tarde, estaba en mi balcón regando las plantas. El sol pegaba fuerte, pero el aire fresco del atardecer me erizaba la piel. Oí pasos en el pasillo, pesados, como de alguien cargando bolsas. Miré por las rendijas de las persianas del vecino del quinto, Nico. Es nuevo, alto, rubio, con ese cuerpo atlético que me hace mojarme solo de pensarlo. Lo vi quitándose la camiseta, sudado del gimnasio. Su polla marcada en el pantalón ajustado… Dios, se notaba dura. Se tocó un poco, ajustándosela, y yo me quedé clavada, con el coño palpitando.
Esa noche, bajaba en el ascensor al garaje. Las luces parpadeaban un poco, el olor a humedad y gasolina flotaba. Puertas se abren en su piso, y entra él. Nico. Nuestros ojos se cruzan. ‘Hola, vecina’, dice con esa sonrisa pícara. ‘¿Calor, eh?’. Yo asiento, sintiendo el calor subir por mi cuello. Estamos solos, el ascensor baja lento. Él se acerca un paso. ‘Te vi ayer… desde tu balcón. ¿Te gustó el espectáculo?’. Mi corazón late fuerte. ‘¿Qué… qué dices?’. Se ríe bajito. ‘No disimules, te mojas viéndome, ¿verdad? Yo también te he visto, tocándote las tetas por la ventana’. La tensión es eléctrica. Su mano roza mi cadera. El ascensor para en el garaje, pero no salimos. ‘Sube a mi casa. Ahora’. La barrera cae. Asiento, jadeando.
La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor
Entramos en su piso a oscuras. Cierra la puerta, me empuja contra la pared del pasillo. Sus labios en mi cuello, mordiendo suave. ‘Eres una puta voyeur, ¿eh?’. Le arranco la camisa, siento sus pectorales duros. ‘Cállate y fóllame, cabrón’. Vamos al balcón, la noche fresca nos envuelve. Luces de la calle filtran, pero estamos semiocultos por las plantas. Él me baja los pantalones, mete dos dedos en mi coño empapado. ‘Joder, estás chorreando’. Gimo, el riesgo de que los vecinos oigan me excita más. Le bajo el pantalón, su polla sale dura, gruesa, 18 cm de puro vicio. La chupo ansiosa, lengua en el glande, saboreando el pre-semen salado. Él gruñe: ‘Así, chúpamela toda, zorra’.
Se arrodilla, me abre las piernas contra la barandilla. Su lengua en mi clítoris, chupando fuerte, dedos en el culo. ‘¡Ahh… sí, métemelos!’. Oímos pasos en el pasillo de abajo, nos paramos un segundo, conteniendo la risa nerviosa. ‘Cállate o nos pillan’, susurra. Pero sigue, me come el coño como un lobo. Me corro en su boca, temblando, mordiéndome el labio para no gritar. Ahora él: ‘Chúpame las bolas’. Se las meto en la boca, pesadas, llenas de leche. Le hago una garganta profunda, tosiendo un poco, saliva chorreando. ‘Joder, qué boca…’. Se pone de pie, me gira contra la barandilla. Saco un condón de mi bolso –siempre preparada–. Me la mete de un empujón, llenándome el coño. ‘¡Fuerte, rómpeme!’. Embiste salvaje, sus huevos chocan contra mi culo. El balcón tiembla un poco, el viento fresco en la piel sudada. ‘¿Te gusta el peligro, puta? ¿Que te vean follada?’. ‘Sí… más, fóllame el culo’. Escupe en mi ojete, mete la punta. Duele rico, entro despacio. ‘¡Joder, qué apretado!’. Me sodomiza brutal, mano en mi clítoris. Me corro otra vez, gritando bajito. Él acelera: ‘Me voy a correr… ¡toma mi leche!’. Llena el condón, gruñendo.
El polvo brutal con riesgo de ser descubiertos
Nos quedamos jadeando, abrazados en el balcón. Sudor, semen, olor a sexo. Nos vestimos rápido, besos robados. ‘Mañana más’, dice. Bajo a mi piso, piernas temblando.
Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo volviendo del trabajo. Nuestras miradas se clavan, sonrisas cómplices. Pasa su mano por mi culo disimuladamente. ‘Buenas noches, vecina’. ‘Igualmente… y gracias por el “espectáculo”‘. El secreto quema, ya pienso en la próxima. El pasillo huele a su colonia, y mi coño se moja de nuevo.