Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas como papel, y los vecinos del 4ºB… uf, qué pareja. Ella, morena curvilínea, él, alto, musculoso, con esa mirada que te desnuda. Al principio, solo oía ruidos. Gemidos ahogados por la noche, el colchón chirriando ritmos locos. Una tarde, curioseando desde mi balcón –el aire fresco me erizaba la piel–, vi siluetas a través de las persianas mal cerradas. Él la guiaba: ‘Más despacio, joder, siente el coño’. ¿Un coach sexual? Me mojé solo de imaginarlo.
Los días siguientes, tensión pura. En el ascensor, nos cruzábamos. Sus ojos se clavaban en mis tetas, yo fingía no notar cómo se le marcaba la polla en el pantalón. ‘Buenas tardes, vecina’, decía con voz grave, y el espacio se cargaba de electricidad. Un día, ella no estaba. Solo él y yo, solos en esa caja metálica que subía lento. Oí sus pasos pesados antes de entrar. El olor a su colonia, mezcla de sudor y macho. ‘¿Todo bien por casa?’, preguntó, acercándose un paso. Dudé, el corazón latiéndome fuerte. ‘Sí… pero oigo cosas tuyas’, solté, riendo nerviosa. Él sonrió lobuno: ‘¿Quieres unirte al entrenamiento? Tu marido no sabrá’. La puerta se abrió en mi piso, pero tiré de su camisa. Barrera rota. ‘Ven a mi casa ahora’, murmuré, el pasillo vacío amplificando mi voz.
La tensión sube en el edificio
Entramos a mi piso, luces bajas filtrando por las stores. Puertas cerradas, pero el vecino de arriba podía oír. Me empujó contra la pared del pasillo, beso salvaje, lengua invadiendo mi boca. ‘Quítate las bragas’, ordenó, voz ronca. Me las bajé, coño ya chorreando. Sus dedos gruesos me abrieron, frotando el clítoris. ‘Joder, estás empapada, puta vecina’. Gemí bajito, mordiéndome el labio, oyendo mis propios jugos chapoteando. Me volteó, falda arriba, y sacó la polla: enorme, venosa, palpitante. ‘Mira cómo te voy a follar’. Entró de golpe, estirándome hasta el fondo. ‘¡Ahhh, coño!’, grité suave, él tapándome la boca. Embestidas brutales, pausadas como coach: ‘Siente cada vena, respira’. Sudor goteando, tetas rebotando contra la pared fría. Cambiamos al sofá, yo encima, cabalgando su verga dura. ‘Más rápido, pero aprieta el coño’, mandaba. Le chupé los huevos, saliva cayendo, mientras él me metía dedos en el culo. ‘Voy a correrme’, jadeó. ‘Dentro, lléname’, supliqué. Eyectó chorros calientes, yo explotando en orgasmo, uñas clavadas en su pecho. Gemidos ahogados, pero el edificio entero debió oler a sexo.
Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con bolsas de compra, yo con el pelo revuelto. Nuestras miradas chocaron: sonrisa cómplice, fuego latente. ‘Buen entrenamiento, vecina’, susurró pasando rozándome el culo. Asentí, coño palpitando aún. Ahora, cada crujido en la pared me excita. ¿Volverá el coach? El secreto quema, delicioso.