¡Hola! Soy Carmen, tengo 49 años, vivo en un edificio viejo del centro con mi marido Paco. Él es un poco mayor, unos 60, y ya no tiene esa forma de toro que tenía antes. Yo… bueno, tengo curvas generosas, pechos grandes, culo redondo, y soy superabierta al sexo. Me pone cachonda el riesgo, ser vista o pillar a alguien, ese pellizco de que nos pillen en el acto.
Mis vecinos de al lado son Pablo y Ana. Pablo, 52 años, guapo, bien puesto, pero sé que está frustrado. Hablamos a menudo en el ascensor, confidencias de pasillo. Me contó que con Ana la cosa está floja, rutina, cansancio. Yo le confesé que Paco ronca más que folla últimamente. Nos reímos, pero había chispa.
La tensión sube en la fiesta del edificio
Hace unas semanas, fiesta de verano en el salón común del edificio. Todos con copas, música. Cenamos copioso, risas. Luego bailes. Valses, rock. Y llegan los lentos. Bailo con Pablo, mi marido charla con otros. Nos pegamos. Sus manos en mis caderas, sobre el vestido rojo ligero que me compré, por encima de la rodilla, ceñido a mis curvas. Siento su aliento en mi cuello. Mi barriga suave contra su bajo vientre. Y… joder, noto su polla endureciéndose. Dura, presionando. Me acuerdo de nuestras charlas. Balbuceo: “Este vestido te queda de puta madre, Pablo”. Él ríe bajito: “Y a ti te pone, ¿eh, pillina? Se nota que no te deja indiferente”. Mi coño se moja un poco. Bailamos así, su verga tiesa contra mí, en penumbra. Al final, beso en el cuello, él mira mi escote. Regresamos a mesas, miradas furtivas.
Semanas después, vacaciones. Niños en colonia. Pablo y Ana nos invitan a cenar a su piso. Llegamos, cena rica. De repente, Ana, enfermera, llamada: compañera falla, va a cubrir turno noche. “No pasa nada, mañana mediodía libre”. Mi Paco, que sale temprano en bici con amigos, se acuesta pronto. Oímos sus ronquidos tras la pared fina. Quedamos Pablo y yo en sofá, tele aburrida. Hablamos sexo otra vez. “Sigo frustrado, Carmen. Necesito follar de verdad”. Le digo: “Yo también, hace tiempo que no me corro como dios manda”.
La follada brutal y el secreto en el pasillo
Noche avanzada. Mañana Paco sale a las 7. Oímos pasos en pasillo, puerta cierra. Silencio. Pablo me mira: “¿Quieres café?”. Subo a su piso, puerta entreabierta. Luz tamizada persianas. Se ha metido en cama, desnudo. Me quito ropa en penumbra. Saco condón de bolso. “Ven”. Me tumbo a su lado, en cama de él y Ana. Su piel caliente. Polla ya dura, gorda. “Joder, Carmen, estás buena”. Besos húmedos, lenguas enredadas. Manos en tetas, mías enormes, pezones duros. Chupa uno, gira lengua, mordisquea. Gimo bajito, paredes finas, ¿nos oyen abajo?
Bajo mano a su polla, tiesa como piedra. “Qué verga más gorda, Pablo. La sentí en el baile”. Él: “Y yo tu coño mojado ahora”. Dedos en mi chochito, pelito recortado, resbaladizo. Meto condón, cuesta, está hinchada. Me monta. Glande roza labios coño, empujo. “Despacio… hace tiempo”. Entra lento, centímetro a centímetro. Llenándome. Suspiro. Acelera. “¡Fóllame!”. Polla entera dentro, embiste fuerte. Cama cruje, somier viejo golpea pared. Clap clap bajo vientre contra mío. Mouille por todas partes. Gimo: “Más, joder, me vas a hacer correr”. Él gruñe: “Tu coño aprieta brutal”. Intensifica, tetas rebotan. Siento orgasmo subir, tiemblo. “¡Me corro!”. Chillo suave, muerdo labio. Él eyacula dentro condón, jadeos. Colapso. Sudor, olor sexo. “Hace años no follaba así”, dice él. Yo: “Ni yo. Repetimos pronto”.
Al día siguiente, bajamos. Cruce en pasillo. Paco ya fuera. Ana llega. Miradas cómplices con Pablo. Sonrisa pícara. Ascensor juntos, roce mano. Secreto quema. Oigo sus pasos noche, imagino más. El edificio nunca fue tan excitante.