Era un sábado de primavera, pero el aire aún picaba un poco. Me asomé al balcón con un café en la mano, fumando un cigarro. Del piso de al lado, oí risas. El vecino, ese tío maduro con cuerpo atlético, estaba solo en su salón. Vi cómo se quitaba la camisa, sudado de hacer ejercicio. Sus músculos brillaban bajo la luz que se colaba por las persianas. Me quedé mirando, el corazón latiendo fuerte. Él levantó la vista, me pilló. Sonrió pícaro, sin vergüenza. Yo no aparté la mirada, mordiéndome el labio.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. ‘Buenas tardes, vecina’, dijo con voz ronca. Su mano rozó la mía al pasar la puerta. El ascensor llegó vacío. Entramos juntos. Silencio espeso. Olía a su colonia fuerte, mezclada con sudor fresco. ‘Te vi ayer’, murmuró. ‘¿Y qué viste?’, respondí, voz temblorosa. Se acercó, su aliento en mi cuello. ‘Todo lo que quise’. Sus labios rozaron los míos. No pude resistir. Lo besé con hambre, lengua dentro, manos en su paquete ya duro.
La tensión que estalló en el edificio
El ascensor paró entre pisos. Pulsé el botón de parada. ‘Aquí, ahora’, jadeé. Él me levantó la falda, sin bragas debajo. ‘Puta caliente’, gruñó, metiendo dos dedos en mi coño empapado. Gemí alto, el eco en el hueco. ‘Cállate o nos oyen’, susurró, pero me follaba con los dedos, chorreando. Me giré, manos en la pared, culo al aire. Bajó mis tetas del sujetador, las amasó duro. Su polla salió, gorda, venosa. La restregó en mi raja, lubri con mi jugo.
‘Quiero tu culo’, dijo, escupiendo en mi ano. Empujó el glande. Duele rico, estirándome. ‘¡Joder, qué prieto!’, jadeó. Entró lento, centímetro a centímetro. Yo mordía mi labio, lágrimas de placer. Empezó a bombear, polla gruesa partiéndome. ‘Fóllame fuerte, vecino, métemela toda’. Él aceleró, cachetazos en mis nalgas. El ascensor crujía, ruido de carne contra carne. ‘Si alguien sube…’, gemí excitada. Su mano en mi clítoris, frotando brutal. Orgasme me pilló, coño chorreando por las piernas. Él gruñó: ‘Me corro en tu culo’. Caliente, lleno, su leche goteando.
El polvo brutal y el riesgo de ser pillados
Se salió despacio, polla brillando. Limpié con la mano, lamiendo su semen. Pulsé el botón, bajamos. En el pasillo, se arregló la ropa. ‘Hasta mañana, guarra’, guiñó. Yo, piernas temblando, sonrisa tonta.
Al día siguiente, cruzamos en el corredor. Luz tenue, pasos lejanos. Nuestras miradas chocaron, fuego secreto. Él rozó mi mano: ‘Repetimos?’. Asentí, coño palpitando ya. Ese morbo de lo prohibido, el riesgo de los vecinos… adictivo. Su mujer podía bajar cualquier día, oírnos jadear. Pero eso lo hace mejor. Quiero más, verlo follarme mientras espío su ventana.