Hace poco, justo después de darme cuenta de lo puta que soy en realidad, me pasó algo que me dejó temblando. Vivo en un edificio viejo, con ascensor que cruje y pasillos que huelen a humedad. Mi vecino del quinto, un tipo moreno de unos treinta, fornido, con esa pinta de mecánico o algo así, siempre me había llamado la atención. Lo veía entrar y salir, con esa camiseta ajustada marcando paquete. Pero nada serio, hasta esa tarde.

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Estaba bajando al supermercado, las piernas un poco flojas porque había estado tocándome pensando en pollas duras. El ascensor se paró en el tercero. Entró él, oliendo a sudor fresco, con una bolsa de la compra. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas’, murmuró, con voz grave. Yo sonreí, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Hacía calor, el ascensor era un horno. Empecé a moverme inquieta. Tenía ganas de mear, de esas urgentes que te mojan la braguita.

La tensión que explota en el ascensor

El ascensor se atascó entre el cuarto y quinto. Luz parpadeante, silencio roto solo por nuestros jadeos. ‘Joder, qué putada’, dijo él, pulsando botones. Yo me apoyé en la pared, cruzando piernas. ‘Tengo… una necesidad’, balbuceé, roja. Él me miró, olió el aire. ‘¿Pipí? Tranquila, yo también’. Se acercó, su paquete rozándome el muslo. Sentí su calor. Sin pensarlo, me subí la falda, bajé la braguita. Un chorrito caliente me corrió por las piernas. Él gruñó: ‘Qué rica… déjame probar’. Cayó de rodillas, lamió mis muslos empapados. El ascensor crujió, como si fuera a abrirse. El morbo de ser vistos me puso el coño a reventar.

La puerta no se abrió. Su lengua entró en mi coño chorreante, sorbiendo mi meada. Gemí bajito, mordiéndome el labio. ‘Shh, nos oirán los vecinos’, susurró, pero metió dos dedos, follándome con ellos. Me corrí rápido, temblando, salpicándole la cara. ‘Ahora tú’, jadeé. Le bajé el pantalón. Su polla saltó, gorda, venosa, con una gota en la punta. La chupé como una perra, saboreando ese gusto salado. Le metí un dedo en el culo, lubricado con mi coño. Se corrió en mi boca, leche espesa que tragué ansiosa.

El sexo crudo y el secreto al día siguiente

Me levantó, me clavó la polla de un empujón. ‘¡Ay, joder!’, grité suave. Follando contra la pared, sus embestidas hacían temblar el ascensor. Me pellizcaba los pezones, me frotaba el clítoris. Otra meada me vino, caliente sobre su polla. Él la sintió: ‘Mea en mi polla, puta’. Me corrí de nuevo, el placer quemándome las entrañas. Se vació dentro, semen caliente llenándome. Luego, me giró, escupió en mi culo y me sodomizó despacio. Sus movimientos largos, su dedo en mi clítoris hinchado. Volvió a correrse en mis tripas, yo gritando ahogada.

El ascensor arrancó de golpe. Nos vestimos a toda prisa, sudorosos, oliendo a sexo y pis. Bajamos como si nada. Esa noche, en mi piso, me masturbé recordándolo, el corazón latiendo por el peligro.

Al día siguiente, en el pasillo, crujieron sus pasos. Se paró delante de mí, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina. ¿Dormiste bien?’. Le guiñé: ‘Con sueños húmedos’. Nuestras miradas ardían con el secreto. Él susurró: ‘Esta noche, mi puerta entreabierta’. El pasillo vacío, pero el eco de voces lejanas… el morbo sigue vivo.

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