Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó anoche. Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con ascensor que cruje como si se fuera a caer. Mi vecino del quinto, un tipo moreno, musculoso, con ojos intensos… lo he visto mil veces por el pasillo. Se llama Raúl, creo. Siempre con esa camiseta ajustada que marca su paquete. Últimamente, lo pillo mirándome las tetas cuando nos cruzamos. El otro día, oí ruidos en su piso. Gemidos ahogados, como de alguien follando fuerte. Me acerqué a la puerta, el corazón latiéndome fuerte. Pasos en el pasillo, olor a sudor y perfume barato. La luz del techo parpadeaba, filtrándose por las rendijas de mi puerta.

Estaba en mi balcón fumando un cigarro, el aire fresco de la noche rozándome las piernas desnudas bajo la bata. Vi su silueta a través de las persianas entreabiertas del piso de enfrente. Él, sudado, bombeando contra una tía que no vi clara. Su polla dura entrando y saliendo, brutal. Me mojé al instante, el coño palpitando. ¿Y si me pillaba espiando? Ese riesgo me pone cachonda. Al día siguiente, en el ascensor roto otra vez, nos quedamos solos. Subía con la compra, él entró jadeando, como si viniera de correr. ‘Qué calor, ¿eh?’, murmuró, sus ojos bajando a mi escote. El ascensor se paró entre pisos, luz tenue, el zumbido del motor. Nuestras miradas se clavaron. ‘Joder, no aguanto más’, soltó él, pegándose a mí.

La tensión que estalla en el edificio

Sus manos me subieron la falda, palpando mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñó en mi oído. Le besé el cuello, mordiendo suave, mientras le bajaba el pantalón. Su polla saltó fuera, gorda, venosa, con el capullo brillando de pre-semen. ‘Chúpamela’, ordenó, empujándome de rodillas. El suelo frío del ascensor contra mis rodillas, el olor a su sexo invadiéndome. La engullí entera, mamando fuerte, la lengua girando alrededor del tronco. Él gemía, ‘¡Sí, así, zorra vecina!’. Agarraba mi pelo, follando mi boca. Slurp, slurp, saliva cayendo por mi barbilla. ‘Para, o me corro’, jadeó. Me levantó, me dio la vuelta contra la pared metálica. ‘Abre las piernas’. Su polla me abrió el coño de un empujón seco, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, rugió, clavándome sin piedad.

El clímax prohibido y las miradas del día después

Pum, pum, pum. Cada embestida hacía temblar el ascensor. Mis tetas rebotaban, rozando el metal helado. ‘Cállate o nos oyen’, susurré entre gemidos, pero no podía. ‘Que oigan cómo te reviento el chocho’, respondió, acelerando. Me corrí primero, el orgasmo explotando, jugos chorreando por mis muslos. Él no paró, me pellizcaba los pezones, ‘¡Voy a llenarte de leche!’. Sentí su polla hincharse, el chorro caliente inundándome el útero. Gruñó como animal, mordiéndome el hombro. Sudor por todos lados, respiraciones agitadas. El ascensor se movió de golpe, bajando. Nos separamos rápido, él subiéndose el pantalón, yo arreglándome la falda con manos temblorosas.

Llegamos al hall, puertas abriéndose. Salimos como si nada, pero su semen me chorreaba por las piernas. Esa noche soñé con él. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con su bolsa de basura, yo con el café. Nuestras miradas se encontraron, esa sonrisa pícara. ‘Buen día, vecina’, dijo bajito, guiñando. Sentí el calor subir de nuevo. Pasos lejanos en el corredor, olor a café y a sexo recordado. Nadie sabe nuestro secreto, pero cada crujido del edificio me pone a mil. ¿Repetimos pronto? El morbo de lo prohibido… uf, no hay nada igual.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *