Ayer por la noche, todo empezó como siempre. Oía los pasos en el pasillo, pesados, de botas contra el suelo de mármol. Era él, mi vecino del 4ºB, ese moreno alto y musculoso que siempre me guiña el ojo cuando nos cruzamos. Su mujer, la rubia esa alta y fría, como de película antigua, no estaba. La vi salir antes, con tacones que retumbaban.
Entré en el ascensor, el aire fresco del hueco subiendo por las rejillas. Él llegó corriendo, jadeando un poco. ‘¿Subes?’, le dije, con una sonrisa que ya sabía lo que provocaba. Se metió, el espacio se achicó de golpe. Sus ojos verdes, con ese brillo dorado, me clavaron. ‘Sí, preciosa’, murmuró, voz ronca. Las puertas se cerraron con ese clic metálico que me pone la piel de gallina.
La tensión que estalla en el ascensor
Empezó la subida lenta, el zumbido del motor. Nuestros cuerpos rozaban, su brazo contra mi teta. ‘Tu mujer no está, ¿eh?’, solté, juguetona. Él se rio bajito, ‘No, sale los viernes’. Su mano rozó mi culo, disimulado. El corazón me latía fuerte, el olor a su colonia mezclándose con mi perfume dulce. ‘Joder, no puedo más’, susurró, y me besó. Duro, lengua dentro, manos apretando.
El ascensor paró en mi piso, pero no salí. Pulsé el botón de su planta. ‘Ven conmigo’, dijo, tirando de mí. La puerta se abrió en su rellano vacío, oscuro. Entramos en su casa a tientas, la luz del móvil iluminando. Pero no llegamos al salón. Me empotró contra la pared del pasillo, falda subida, bragas a un lado.
Su polla ya dura contra mi coño. ‘Fóllame ya’, gemí, arañándole la espalda. Se la sacó, gorda, venosa, palpitando. Me penetró de un empujón, hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó. Embestidas salvajes, el plaf-plaf de carne contra carne. Mis tetas botando, pezones duros rozando su camisa. Sudor goteando, el aire cargado de sexo.
El polvo brutal y el secreto compartido
De repente, el móvil sonó en su bolsillo. ‘Es ella’, dijo, sin parar. Lo sacó, siguió follando mientras sonaba. ‘No contestes’, jadeé, mordiéndole el cuello. Insistía, vibrando contra mi muslo. ‘Quiere polla, la puta’, murmuró él, acelerando. Yo ahogaba gemidos, pensando en su mujer enfadada al otro lado. El riesgo me ponía más, coño chorreando.
Me dio la vuelta, contra la puerta. Polla en mi culo ahora, lubricado con mis jugos. ‘¡Ah, sí, métemela toda!’, supliqué bajito. Entró despacio, estirándome, dolor-placer. Embestía fuerte, bolas golpeando mi clítoris. ‘Voy a correrme’, avisó. ‘Dentro, lléname’, ordené. Se corrió a chorros, caliente, mientras yo me venía temblando, uñas en la madera.
Caímos jadeando, semen escurriendo por mis piernas. Se limpió rápido, me besó. ‘Mañana no digas nada’. Salí sigilosa, piernas flojas, el pasillo en silencio.
Hoy, en el rellano, la vi a ella primero. Rubia perfecta, mirada helada. Él detrás, cargando bolsas. Nuestros ojos se cruzaron un segundo, ese brillo cómplice. Sonreí disimulada, sintiendo su leche aún dentro. Ella ni idea. Pasaron, sus pasos alejándose. Yo subí, excitada de nuevo por el secreto. Dios, qué vicio este edificio.