Estaba apoyada en la encimera de la cocina, tomando un café con mi hermana Zoe. Ella acababa de entrar, fresca como siempre, rubia y con esa curiosidad insaciable. Yo, con mi pelo castaño claro revuelto del sueño. Charlamos de todo, sin filtros, como hermanas. De repente, me pregunta por el vecino del cuarto, Marcos. Ese tío alto, musculoso, que siempre saluda con una sonrisa que quema.
—Oye, ¿sigues soltera o qué? ¿No te has liado con el del ascensor?
La casualidad que encendió la chispa
Suspiro, riendo bajito. Eh… bueno, te cuento lo que pasó hace dos noches. Estaba sola en casa, tarde, las luces bajas. Oí pasos en el pasillo, pesados, como botas. Luego, risas ahogadas. Del piso de al lado, Marcos y su rollo. Las paredes son finas aquí, ¿sabes? Gemidos primero suaves, ella pidiendo más. Él gruñendo, la cama golpeando rítmicamente. Bum, bum. Me acerqué a la ventana, abrí un poco las persianas. La luz de su salón filtraba, sombras moviéndose. Vi su silueta desnuda, polla dura meneándose mientras la ponía a cuatro patas. Me mojé al instante. Me toqué despacio, imaginando.
Al día siguiente, bajo al ascensor. Llego, y él entra justo detrás. Solo nosotros dos. El aire se cargó. Olía a su colonia fuerte, mezclada con sudor fresco. Nuestras miradas chocan en el espejo. Sonrío, él se acerca un paso. “¿Dormiste bien?”, dice con voz ronca. Yo, nerviosa: “Eh… más o menos, oí ruidos”. Se ríe, pone una mano en mi cintura. “¿Te molestaron?”. El ascensor para en su piso. Puerta abre, aire fresco del pasillo entra. Me agarra la mano: “Sube un rato, te enseño algo”. La barrera cae. Entro temblando de ganas.
El polvo salvaje y el miedo delicioso
Cerró la puerta de un portazo. Me empujó contra la pared del pasillo, beso salvaje, lengua dentro, manos por todas partes. Me bajó los pantalones de un tirón, bragas al suelo. “Joder, estás empapada”, murmura, dedo en mi coño resbaladizo. Gimo bajito, miedo a que nos oigan los del bloque. Me arrodilla, desabrocho su vaquero. Su polla salta, gruesa, venosa, cabeza roja hinchada. La chupo ansiosa, saliva chorreando, él gime fuerte: “Sí, así, puta vecina”. Me levanto, él me gira, polla dura contra mi culo. Me penetra de golpe, coño apretado tragándosela entera. “¡Ah! Cuidado, nos pillan”, susurro. Pero folla más fuerte, embestidas brutales, huevos chocando. El pasillo huele a sexo crudo, sudor. Me agarra las tetas, pellizca pezones. Cambio a la cocina, me sube a la encimera, piernas abiertas. Me lame el clítoris, lengua rápida, dedos dentro revolviendo. Grito ahogado, orgasmo me sacude, jugos por su barbilla.
No para. Me baja, me pone a cuatro patas en el suelo frío. Polla de nuevo en mi coño, ahora más hondo, salvaje. “Tu coño es una gloria, vecina”, gruñe. Yo: “Fóllame más, pero calla…”. Acelera, pla pla pla, sudor goteando. Siento su polla palpitar, me llena de leche caliente, chorros dentro, desbordando por mis muslos. Colapso jadeando, él encima, besos suaves ahora. Olor a semen y coño por todo.
Al día siguiente, pasillo. Bajo la basura, él sale del suyo. Nuestras miradas cruzan, sonrisa cómplice. Pasa rozándome el brazo, susurra: “Otra noche, ¿eh?”. Asiento, ruborizada, secreto quemando. El ascensor llega, subo sola, recordando su polla, el riesgo. Me encanta este edificio.