Vivo en un edificio viejo de Madrid, paredes finas como papel, pasillos que crujen con cada paso. El quinto piso es el de él, un francés expatriado, grandote, barrigón pero con ojos que queman. Lo vi por primera vez hace semanas, luz filtrando por las persianas entreabiertas de mi balcón. Él fumaba un puro en el suyo, solo, con la camisa abierta dejando ver pecho peludo. Me quedé mirando, el aire fresco de la noche rozándome la piel, imaginando… Ay, qué calor me entró.

Ayer, bajando al supermercado, coincidimos en el ascensor. Puertas cerrándose con ese pitido ronco. Él entró oliendo a colonia cara y tabaco. Nuestros brazos se rozaron, su mano grande casi toca mi culo. ‘Buenas noches’, murmuró con acento francés, voz grave. Yo, con mi falda corta, sentí su mirada bajando por mis piernas. ‘Sí, calientes’, respondí, mordiéndome el labio. Silencio pesado, el ascensor subiendo lento, pitido por piso. Sus ojos en mi escote, yo notando el bulto en su pantalón. ‘Vives en el quinto, ¿verdad?’, pregunté, voz temblorosa. ‘Sí, sola en el cuarto’, sonrió él, acercándose un paso. El ascensor paró en mi piso, pero no salí. Sus labios rozaron mi oreja: ‘Sube conmigo, ahora’. El corazón me latía fuerte, el peligro de los vecinos saliendo… Dios, qué subidón.

La chispa en el ascensor

Entramos en su piso, puerta cerrándose con clic. Me empujó contra la pared del pasillo, manos en mi culo apretando fuerte. ‘Joder, qué ganas tenía’, gruñó, besándome salvaje, lengua invadiendo mi boca. Le arranqué la camisa, sintiendo su barriga dura contra mí. Bajé la cremallera, saqué su polla gorda, venosa, ya tiesa como piedra. ‘Mira lo que me haces’, dijo jadeando. La chupé ahí mismo, de rodillas en el suelo frío, saliva cayendo, mamándola hasta la garganta. Él gemía alto, ‘Cuidado, los vecinos…’, pero no paraba, manos en mi pelo empujando.

Me levantó, tiró en el sofá. Falda arriba, bragas a un lado, dedo en mi coño ya empapado. ‘Estás chorreando, puta vecina’, rio, metiendo dos dedos, follando rápido. Grité, placer eléctrico, paredes finas, ¿nos oyen? Me montó, polla entrando de golpe, enorme, partiéndome. ‘¡Fóllame fuerte!’, supliqué, uñas en su espalda. Embistió brutal, sofá crujiendo, sudor goteando, tetas botando libres. Cambiamos, yo encima, cabalgando su verga, coño apretando, jugos bajando por sus huevos. ‘Me corres dentro’, ordené. Él aceleró, ‘¡Sí, toma leche!’, y explotó, llenándome caliente, yo corriéndome gritando, temiendo el timbre o pasos fuera.

El polvo salvaje y el secreto compartido

Agotados, ducha rápida, él lavándome el coño con dedos suaves. Me dejó en la puerta, beso fugaz. ‘Mañana más’. Dormí intranquila, excitada por el secreto.

Hoy, cruzando el pasillo, zapatos resonando. Él saliendo con traje, corbata chillona. Nuestras miradas chocaron, sonrisa cómplice, bulto leve en su pantalón. ‘Buen día, vecina’, guiñó. Pasé rozándole, susurré: ‘Esta noche, mi balcón’. Pasos alejándose, calor subiendo otra vez. Dios, este edificio es un nido de vicios.

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